Vivas nos queremos!

ni una menos liniers

Viajé sola. Hice dedo y tenía que elegir por instinto a cuál auto subirme y a cuál no, en un país donde a nadie le pasa nada, pero igual soy mujer, y entonces tenía que cuidarme. Me hospedé en un hostel. Cuando salí de la habitación un tipo empezó a masturbarse frente a todos. Me hospedé entonces en una habitación privada. Entró un hombre a medianoche por error. Quedé temblando. Si quería me violaba. No iba a poder hacer demasiado. Se masturbaron frente a mis amigas en un tren. Vi nenitas camboyanas de la mano de viejos europeos que se divierten con el turismo sexual. Vi viejos europeos chistarles como a perros a nenitas camboyanas que salían del colegio. Me miraron como desnudándome demasiadas veces. Cuando viví afuera me mudé con una amiga a una habitación que habíamos alquilado. Resulta que el dueño quería sólo una inquilina y específicamente mujer. Le encontramos dibujos sexuales en el anotador de la cocina. El mismo día que nos mudamos, nos fuimos. Zafamos. Casi fui abusada, podría haber sido violada. Podría estar muerta, ser una menos. Fueron muchos casi. Y entre casi y casi, muchas no zafan. Y esto puede pasar en Camboya, en Europa o acá nomás… aunque vos, mujer, te cuides, te tapes, te rodees de amigos. Mirá cuántas madres machistas crían a sus hijos con el modelo patriarcal, prendé la tele y mirá Showmatch y las propagandas de productos de limpieza, y decime si eso podría cambiar algo. Empecemos por ahí también. Viajar o caminar sola por la calle no tiene que ser una odisea, y voy a seguir haciéndolo. Pero no tiene que haber ningún casi. No tiene que haber ni una menos. Ni hoy ni mañana.

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La luna es luna, el reloj es reloj

liniers

No quiero tener que contarte
Qué tiene de lindo la luna.
Si ayer nomás te reías de mí,
Que la miraba impávida,
mientras vos mirabas el rejoj.
Y entre ese tic tac me explicaste
Que la tierra tiene un piso,
No un cable que te une a la savia de la vida,
Como yo siempre pensé,
Sino un piso. De esos que te hacen sangrar los pies
Porque te quieren avisar que allí no hay nada.
No hay abajo, no hay arriba, no hay ayer, no hay después.
No hay poesía.

Fijate cómo te sangran los pies bien clavados en el piso, me dijiste.
Miro los tuyos. Me pongo a llorar.
Fijate cómo la luna es luna, y el reloj es reloj,
Cómo tu boca no te sirve para comerte al mundo.
Date cuenta nena, me dijiste.
No existe tal revolución de querer cambiar las cosas.
Las cosas son cosas. Fijate bien.
El cielo no llora. Llueve.
La madre tierra no es madre de nadie.
La tierra es tierra, me dijiste.
Y la madre, madre.
Ninguna rosa te desgarra
Y no te puede matar una guitarra.

Y así te fuiste, a clavarte los pies todavía más hondo
En el piso tedio, en el piso zapping, en el piso shopping.
Y no llegué a explicarte que existe gente sin swing,
Como vos decís, como me contaste,
Que no pueden mirar la luna,
Que no entienden la luna.
Que la miran y la llaman luna,
Porque dicen que la luna es luna
Y las cosas son cosas.

El reloj te apuró y te fuiste,
Y ahora ya no quiero contarte cómo es que una guitarra
También puede ser ventana.
Se puede ser la rosa que desgarra,
Se puede ser piso de nubes y pies que no sangran.
Se puede ser madre y tierra a la vez.
Se puede ser luna también.
Date cuenta nene, fijate bien,
Que vos también podés ser luna.

Al que busca

“No se encuentra sino lo que se busca, y se busca lo que existe en lo más profundo del corazón”

liniers
Nada de lo que buscas vendrá por ti,
a menos que lo llames a gritos
y repitas su nombre en sueños una y otra vez.
Al menos, eso te dijeron.

Lo que buscas juega a las escondidas.
Pareciera que gana siempre,
pero cuando se esconde te mira,
y busca tu mirada, y quiere que lo encuentres,
y te pongas a jugar con él.

Eso que anhelas te está esperando.
A veces erguido y sin vacilar,
otras sentado en el remanso.
Pero te espera.

Lo que buscas te espera.
Y tú lo esperas a él.
Entonces la espera es la que se cansa
y la que llama a gritos tu nombre
y los repite en sueños una y otra vez.

La espera ya no quiere recorrer esa distancia.
Entonces se agobia y se sienta a esperar.
Y tú buscas, buscas y buscas,
y lo que deseas, te mira expectante.

Y tú recorres las calles y callejones.
Y parece que cada vez se esconde mejor.
Hasta que cierras los ojos
y ves para adentro por primera vez.

Sientes en el alma
el calor de la distancia que se cierra,
de la espera que se aleja,
de unos ojos fatigados que te miran.
Vaya a saber uno hace cuánto que te miran…

Entonces cierras los ojos, esta vez más fuerte.
Y te sorprende descubrir que lo deseado
siempre ha estado allí,
y te pide salir para mirarte desde fuera.
Y entonces es cuando se encuentran,
porque lo dejas salir.

Entonces él te deja mirarlo.
y ya no hay más espera.
Y tú, que buscas, finalmente encuentras.

El lugar que me contaste

curso fotografía

Fin del cuso de fotografía. Inevitable seguir pensando en eso.
Pensar en todas las fotos que voy a sacar mientras doy vueltas por el mundo.
Pero mejor empiezo ahí…
Ahí, en ese lugar que me contaste, donde me está esperando alguien.
Quién sabe si él me reconocerá, porque ahora, incluso para mí, su imagen está difusa.
De todas maneras, pienso que me va a estar esperando. Y de brazos cruzados, como quien aguarda toda una vida…
Su rostro será toda una sorpresa. No lo puedo bosquejar siquiera ahora, con el tiempo a mis pies, con los sueños de mi lado. No, no puedo.
Entonces, mejor sigo pensando en ese lugar que me contaste.
Recuerdo la charla en la que robé para mí tu lugar soñado. Ese que decías que era mágico.
Pienso ahora en ese sitio.
Le agrego a la mesita en la que me escribiste esa única carta, varios libros que tengo pendiente leer.
Por allí están Flaubert, Dostoyevsky y Woolf.
Pienso también en el olor a madera que no supiste describirme. No hizo falta. Me lo imaginé cuando vi la foto. Era aroma a roble, definitivamente.
Pienso también en las ganas de querer fotografiarlo todo.
Y en ese lápiz. Y en ese papel.
Y en esa mañana lluviosa que no pude salir a caminar.
Me veo sentada.
Estoy entera.
Como quien conoce su casa de toda la vida, entra la persona que me estaba esperando.
Afloja sus brazos, ya no más cruzados.
De nuevo pienso en su rostro, y no veo nada. Su silueta está desdibujada.
Creo que me saluda con la cabeza, pero no logro percibirlo del todo.
Corro mi rostro y bajo la mirada hacia la taza de café.
Ya no le sale humo. Se me está enfriando.
Pienso entonces en tomarlo rápido.
Ese alguien habrá puesto música, porque empiezo a escuchar una melodía tranquila.
Tranquila y hermosa.
Ahora lo noto, canta Charly García.
Me parece que es un disco de vinilo, porque la voz se escucha entrecortada, como si cantara Gardel. No me molesto en fijarme. De todas maneras, suena mejor así.
Miro a esa persona que me estaba aguardando.
¿Qué espera de mí? ¿Y qué es lo que vine yo a buscar?
Pienso que ninguno de los dos sabemos por qué nos encontramos en ese lugar que me contaste.
Nos sentimos incómodos. O por lo menos, yo.
Mientras agarro el lápiz y papel (por agarrar algo nomás, porque no quiero escribir), siento que ese alguien me mira.
No le devuelvo la mirada. Sólo pienso en lo triste que se deben ver mis ojos hoy.
Continúo pensando en el sitio que creías mágico.
Siguen estando los cuadros tan lindos que me dijiste que había.
Sigue también la caña de pescar.
Le agrego un mantel a la mesa, para volver al lugar más acogedor.
Espero no te moleste.
Pienso que estoy allí sentada mirándolo todo.
La lluvia es de esas sutiles, con esas gotas que da gusto escucharlas bajo un techo de chapa como el de esta casa.
Y el olor de la naturaleza es más placentero todavía.
Puedo sentir a las flores renacer afuera.
Pienso que ya casi es mediodía.
Me paro y me alejo de la silla. Camino hacia el tocadiscos y apago la música.
Por primera vez la mano de aquel sin rostro me toca.
Quiero decirle que quiero escuchar llover.
No es que me moleste la melodía, no es que no disfrute de ella, no es que no me guste esa voz… no. No, no puedo decirlo.
No me salen las palabras. Levanto la vista para mirarlo y me contento con ver que se aleja hacia la mesa. Mira mis libros. Se distrae. Agradezco al cielo por ello.
Tomo mi cámara y le saco una foto.
Él está de espaldas. Mejor así.
Me acerco a la ventana. Nunca un paisaje más mágico que aquél.
Pienso que tenías razón en llamarlo hermoso.
Le saco una foto. No la describo porque guardo la promesa que te hice.
Nadie va a saber de ese lugar. Además, por las dudas, borré la caña de pescar.
Y los cuadros.
Pienso en las ganas de salir a caminar.
Me doy cuenta que si me quedo, no es por culpa del día lluvioso.
Porque pienso en las gotas contra mi rostro y me dan ganas de correr al aire libre, como hice una noche de tormenta, esa que me dio un resfrío y un amor.
Sin embargo, me quedo allí.
Pienso en acercarme a ese alguien, y lo hago.
Lo doy vuelta hacia mí. Me mira. Me sonríe.
Yo me emociono.
De repente, él no me resulta tan extraño.
No sé por qué llegué hasta ese lugar buscando a aquél sin rostro.
No sé por qué él me esperaba.
Pero me quedo. Lo dejo mirarme.
Seguro nota mis ojos tristes. Por si acaso, yo me dibujo una sonrisa tímida.
Espero que se la crea.
De a poco, dibujo también su rostro.
No había notado que estaba mojado. Él sí había salido a correr bajo la lluvia.
La tinta se corre un poco.
Termino de dibujar.
Su cara quedó difusa. Otra vez, mejor así.
Pienso en la casa de aquel lugar del mundo. Su olor a madera, a tierra viva, su música, su mesa, su silla, su mantel…
Sus papeles, sus libros, su lápiz, su ventana…
Y ese alguien, ya no tan extraño.
Me acerco a la mesa. Pruebo lo que queda del café. Ya está frío.
Lo miro a él.
“Ya descubriremos para que estamos acá”, me dice. Y se va afuera.
A lo lejos, lo escucho cantar. Creo que, de nuevo, es un tema de Charly.
Agarro mi cámara y lo sigo. Le digo esta vez que se dé vuelta y sonría.
Le saco la foto, y me voy a caminar, cantando yo también.

Sobre el turismo literario

Kafka

¿Qué amante de la literatura no soñó alguna vez con recorrer las calles de París siguiendo las pisadas de la Maga y Oliveira, esos personajes entrañables de Cortázar? ¿Quién no quiso encontrar las semejanzas de Macondo en las ciudades colombianas o buscar rastros de Shakespeare en Inglaterra?

Quien va a Dublin se empapa de historias y alusiones a James Joyce. Quien visita Reino Unido sabe de antemano que J.K Rowling será un tema ineludible en cualquier tour que vaya a tomar.

El turismo literario es un negocio que crece con el tiempo. Tanto los Best sellers como los clásicos de la literatura universal se vuelven el mapa de miles de viajeros que recorren las ciudades en búsqueda de referencias reales o aquellos elementos que inspiraron al artista en el lugar.

Eso mismo hice yo en Praga y tengo que reconocer que me emocionó mucho ir tras los rastros de Franz Kafka en los días que estuve allí. Visité una exposición, la casita donde había vivido y algunos lugares favoritos del escritor. Incluso me compré una lapicera con su nombre, que todavía conservo.

Ahora bien, presiento que Kafka está revolcándose en su tumba. Justamente él, que expresa en sus textos una férrea crítica a la burguesía y en parte al capitalismo, es en Praga la imagen de libretitas, billeteras, lápices, gomas de borrar y demás objetos producidos en serie. Objetos que para colmo son comprados por miles de turistas que se detienen a sacar foto tras foto a una casa donde habitó un escritor que casi ninguno leyó.

Y entre ellos estoy yo, que leí sus obras y compro su merchandising. ¡Lo cual es todavía peor! Incluso me avergüenzo de decir que leí su obra póstuma “Carta al padre”, un libro de confesiones que Kafka pidió quemar antes de morir.

Y de eso precisamente se nutre el turismo literario. Espiar por el ojo de la cerradura es un placer que muy pocos se rehúsan a realizar. En San Petersburgo, por ejemplo, el museo de Dostoievski muestra réplicas de su silla, su mesa, fotos de su familia e incluso un reloj y un calendario que marcan el momento exacto en el que murió el escritor.

Eso es lo que quiere ver la gente. Eso es lo que vende, como también venden los chimentos de la televisión, el periodismo amarillo, el voyerismo y las películas violentas. No queremos que se escape nada a nuestros sentidos. Si viajamos queremos verlo todo y saber todos los secretos de las figuras reconocidas del lugar. Así fue y será.

Pero con la literatura la situación se vuelve contradictoria. Es maravilloso recorrer Buenos Aires pisando y reconociendo las mismas calles que describió Roberto Arlt en sus novelas, como también lo es visitar la Roma de “Ángeles y Demonios”. El problema surge cuando ese turismo literario acarrea como consecuencia un merchandising que ya nada tiene que ver con la esencia del autor.

Comprar un lápiz con la firma de Roberto Arlt, habiendo leído sus obras, sería como comprar las estandarizadas remeras del Che Guevara y decirse comunista. Sería un disparate. Y si, también creo que es un disparate tener una lápicera de Kafka mientras los siento revolcarse en su tumba. Una lástima, pero me avivé tarde.

Eso genera el turismo literario. Visitar una ciudad desentrañando las citas de un escritor y poder verlas reflejadas en el lugar es realmente mágico y conmovedor. Pero sentirse parte del libro, de la época narrada y volverse un personaje novelesco hace opacar el negocio que existe detrás.

Lo bueno sería tenerlo presente y evitar así la contradicción entre la publicidad obscena y la identidad de aquellos artistas que nunca quisieron volverse ídolos de masas. Con eso basta, porque espiar, vamos a seguir espiando igual.