La Venezuela escondida

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Venezuela es un país versátil y es por eso que me gusta. Hasta antes de recorrerlo, había escuchado sus historias en primera persona, y también las del amigo de un amigo de un amigo. Que tiene mar azul, que hay selva, hay ríos, hay montañas milenarias, que la gente, la gente, la gente, las arepas, que todos son simpáticos como Cathy Fulop y verborrágicos como Hugo Chávez.

Ese cruce de famosos da una mezcla rara que prefiero no atribuir a todos los venezolanos, pero si es cierto que es un pueblo que reparte sonrisas a donde sea que va. Y también es cierto que, aún fuera del circuito turístico reconocido a nivel mundial, la naturaleza que hay en Venezuela es tan versátil como hermosa.

Choroní es uno de esos lugares que lo confirma. Ubicada al norte del país tropical, a unos 140 km de Caracas, esta playa del Caribe invita a abrir los ojos y alzar los brazos. Es que aquí se da algo inusual: el abrazo entre mar, río y selva se hace posible y está al alcance de la mano.

choroníLlegar a este pueblo de pescadores ya es una aventura en sí misma, pero el trayecto, tan movido como bailar el reggaetón, no impide que miles de venezolanos elijan pasar las vacaciones en sus playas. Incluso en temporada alta, de diciembre a enero, cuando los caminos siguen anegados por los resabios de las lluvias, los autobuses viajan llenos. Eso sí, en este cuadro ver turistas extranjeros es igual de difícil que encontrar a Wally.

El destino obligado para empezar la travesía es acercarse a Maracay, ciudad a la que se puede arribar en transportes públicos desde Caracas en un viaje de 100 km. Desde allí hay que tomar un bus hasta la preciada playa del estado de Aragua, atravesando el Parque Nacional Henri Pittier, el más antiguo del país.

En Venezuela viajar en bus implica esperar lo que haga falta hasta colmar la capacidad de pasajeros. La mayoría de estos transportes no tiene horario fijo y sus choferes reúnen a los viajeros tras gritar en la estación el nombre del destino programado.

Es algo así como un desorden organizado. Hay largas colas pero no hay quejas ni resoplidos impacientes y todos terminan consiguiendo un medio para viajar, ya sea en buses de lujo o en vehículos antiguos que por un precio muy bajo transportan a numerosos y comprimidos pasajeros en un pequeño espacio.

En este último transporte viajé yo, rodeada de lugareños junto a sus familias o amigos, y también de una numerosa comunidad gay de caraqueños felices de alejarse de la tradicional capital. Recuerdo las miradas cálidas de asombro y las sonrisas eternas de los locales, que ya me estaban contagiando. Parecía que finalmente habían encontrado a Wally, sólo que sin lentes ni bastón.

Desde Maracay a Choroní hay un trayecto de unas dos horas. El camino a recorrer es sinuoso y de a ratos se vuelve empinado y algo inaccesible. La selva anuncia su llegada con el olor a tierra viva que se impregna en cada rincón de los buses. No puede escucharse el ruido exterior porque en la caravana de transportes suena música de fiesta.

ChoroniiiEn el autobús que me tocó, fue el propio chofer quien se encargó de elegir las canciones, y ante un pequeño descanso todos comenzaban a pedir a tono y cantando: ¡Reggaetón, reggaetón, reggaetón! La mayoría incluso se animaba y se ponía a bailar sin tapujos, tomando a escondidas un ron popular que compartían adultos y niños.

Terminé el recorrido en la estación de autobuses. Desde allí hay que caminar algunas cuadras hasta el centro del pueblo de Choroní, donde viven alrededor de cinco mil habitantes.

La actividad se agrupa en la calle principal, que conserva la rusticidad y las casas coloridas propias de la época de su fundación como colonia española, en 1616. En este marco señorial se mezclan los bares, restaurantes, farmacias, hoteles, posadas y demás servicios destinados a complacer al turista, ofreciendo más practicidad que lujos.

Además, se puede dormir en hamacas paraguayas ubicadas en algunos hostales o casas de familia o simplemente acampar gratis en la playa frente al mar, que es lo que prefiere la mayoría. Esta última elección resulta atractiva para muchos, pero deben saber también su aspecto negativo: en los espacios públicos para pernoctar la arena ya no es tan limpia y su suelo refleja los residuos de las noches de fiesta.

Fiesta…otra vez esa palabra. Es que este pueblo refleja la cultura de un país que lleva la alegría como bandera, y no deja de flamearla. En las noches, sobre todo, Choroní se vuelve sede de la música caribeña que agrupa a jóvenes en la playa y en el malecón principal. El reggaetón y la salsa se mezclan con la melodía de los tambores que evoca la tradición africana del lugar.

ChoroníFue en esta región venezolana en donde los esclavos de África arribaron durante la colonización española, por ser un sector clave para la recolección de cacao de Latinoamérica. Las huellas de este pasado se reflejan fielmente hoy, en la tez oscura y las tradiciones, sobre todo musicales, de los nativos del estado de Aragua.

En una de esas noches de tambores y guitarras conocí a un grupo de caraqueños aficionados a la canción. Bailando reggaetón en ronda e invitando a todos a acercarse a ellos, formaron un grupo de jóvenes con una energía tan exuberante como las curvas de las mujeres de este país.

Y esta pasión que distingue al pueblo caribeño de los tímidos extranjeros del lugar, lejos de separar, une. Al instante me incluyeron en la ronda. De pronto me encontré tarareando una canción que pocos sabían y callé al escuchar que no se oía ninguna otra voz.

“¿Tenés vergüenza?”, dijo uno asombrado mirándome fijo a los ojos, y esa palabra sonó extraña en su boca. No la usan, la saltean en el diccionario e incluso les parece graciosa. Wally había sido descubierto y no me quedó otra opción que ponerme a cantar y celebrarlo.

El paisaje de Choroní se parece a una pintura en donde el artista no decide qué tipo de naturaleza pintar, y entonces las retrata todas juntas. Es justamente así, porque hay ríos, mar, palmeras, montañas y más y más vegetación verde. Todo encaja en un solo lugar. Las aguas transparentes y agitadas de esta región del Caribe bañan la arena blanca y de fondo puede verse la selva tropical.

Playa Grande es el balneario más reconocido. Durante el día se puebla de turistas abocados al relax o a recreaciones acuáticas como el snorkel y el buceo. También se pueden hacer tours para recorrer las montañas del Parque Nacional Henri Pittier.

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En esta reserva se encuentra el 40 por ciento de los pájaros del país, y es a su vez hábitat de monos capuchinos, culebras, armadillos y pumas. Las excursiones al Parque en general incluyen la visita a plantaciones de banana y café y la posibilidad de hacer tirolesa y observación de aves autóctonas.

Uno de los paseos más populares para hacer desde Choroní es visitar el pueblo de Chuao, otra perla escondida de Venezuela. A ella se llega por medio de embarcaciones que salen diariamente desde el malecón central.

Recuerdo que llegué a Chuao en un barquito, y a medida que divisaba las orillas de este  pueblo de pescadores parecía que se detenían las agujas del reloj. Mas bien, parecía que allí no se necesitaba reloj. Es un sitio todo corre despacio, como si siempre fuera el momento de la siesta. Las aguas no son tan transparentes como en Choroní, ya que abundan las algas, pero su oleaje calmo transmite una paz que falta en Playa Grande.

Chuao

La arena es más rugosa pero a la vez menos contaminada que en Choroní, donde los residuos son parte del paisaje, sobre todo en las playas más concurridas. La principal atracción de Chuao es visitar sus plantaciones, ya que el pueblo es conocido por tener la cosecha del “mejor cacao del mundo”.

Las embarcaciones coloridas y los rostros oscuros de los nativos, mezcla de raíces indígenas, africanas y españolas, tiñen al ambiente de un contraste de colores tan llamativo como lo es el paisaje montañoso de la cordillera de la Costa y la vegetación verde del lugar.

Sin perder la costumbre, los lugareños saludan con una sonrisa y se quedan imperturbables ante el clic de las fotos de los poquísimos turistas que hay y que buscan retratarlos. Y no lo hacen poniéndose en pose, sino que ríen desinteresadamente y relajados en completa unión con su tierra, su pueblo y sus visitantes.

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Se puede ir y volver a Chuao en el día, y se llega en unos veinte minutos desde Choroní. Aquí también se puede acampar gratis en la playa y es casi la única opción, porque hay muy pocas posadas y no mucha gente se queda a pernoctar.

A la noche lo ideal es disfrutar de la gastronomía local en los puestos de la costa. Las comidas más populares son los plátanos fritados, a los que llaman tostones, y las arepas, una especie de pan a base de harina de maíz. No son para nada dietéticas, pero sí muy dulces y sabrosas.

No hay movimiento en las noches de Chuao. Los pocos puestos ambulantes de comidas rápidas cierran al anochecer, al igual que los bares. Es la hora en que los pescadores duermen y el mar arrulla a los viajeros que acampan en la costa. Es una canción de cuna de mil estrellas, que allí, lejos de las ciudades, suena mucho mejor.

Durante mi estadía por estas playas me quedó la sensación de haber encontrado una perla perdida en el mundo, conocida sólo en su país. Se sabe que ya no existen parajes inhóspitos ni desconocidos y Choroní y Chuao tampoco lo son, pero tampoco son sede del turismo masivo y ahí está su encanto.

La naturaleza entonces se vive como un regalo a las pupilas: no está sobreexplotada ni manipulada, sino que fluye a su propio ritmo. La cultura del lugar también se vive a flor de piel, sobre todo porque la mayoría de los turistas son nativos del país y permiten el trato desinteresado mientras contagian su alegría.

La Venezuela escondida resulta imperdible quizás por ello. Se dice que la gente hace al lugar, y en este caso es imposible recordarlo sin sonreír.

Datos útiles

Alojamiento en Choroní:

Posada de Las García: habitación doble $540 Bs en temporada baja, $648 Bs en temporada alta (desayuno, piscina y estacionamiento incluidos)  Acceso por vía el Portete.

Posada Pittier: habitación doble $750 Bs en temporada baja, $1000 Bs en temporada alta (sin desayuno). Piscina y estacionamiento incluidos. A 900 mts de la playa y 50 mts de la estación de servicios PDV.

Posada Turpial: habitación doble $665 Bs en cualquier temporada (desayuno incluido). Calle José San Maitín, numero 3.

Dónde comer:

Mango: comida tradicional con un toque gourmet. Abierto de martes a domingo. Ubicado en el sector de Puerto Colombia. Precio aproximado por persona: $60 Bs.

Playa Café: ofrece desde platos gourmet hasta comida rápida. Calle Morillo del sector Puerto Colombia. Precio aproximado por persona. $90 Bs.

La Alemana: platos tradicionales venezolanos y comida alemana. Abierto los fines de semana. Camino a Playa Grande. Precio aproximado por persona: $60 Bs.

Bokú: tapas y grill. Ubicado en la calle Morillo del sector Puerto Colombia. Precio aproximado por persona: $70 Bs.

De Iruya a San Isidro

Iruya

Cerca del año 1940 un yugoslavo se escapó de la segunda gran guerra. Aturdido y atormentado por los horrores que había vivido, decidió refugiarse en soledad en algún rincón remoto de la tierra. Viajó tan lejos que llegó a un paraje recóndito del sur de América. Más precisamente, se instaló entre el pueblo de Iruya y el del San Isidro, en la provincia de Salta, Argentina.

Hoy llegar allí sigue siendo una travesía difícil de realizar, sobre todo en verano, cuando los ríos desbordan y el camino se hace inaccesible hasta para los que lo recorren a pie.

Dicen los viajeros que Iruya es un lugar para volver. Yo llegué un día por placer y volví a ese pueblo por necesidad. Sentí ganas de respirar de su aire puro, de perderme en sus callecitas de tierra, del silencio de las tardes y del silencio de sus noches infinitamente estrelladas. También sentí ganas del ruido de los chicos jugando a la pelota y de la calma de mi cuerpo desacelerándose al pasar entre montañas que obligan a mirar más y más arriba e invitan a abrazarlas.

Sentí ganas y volví un invierno. Caminé un poco más de dos horas desde Iruya hasta llegar a San Isidro, ese pueblo de 250 familias donde no corren las agujas del reloj y todos los días hay clima de siesta.

En el trayecto pasé cerca de una sierra que sobresalía un poco del camino. “Ahí estaba la casa del yugoslavo Felipe tercero”, dice alguien a mis espaldas. Me doy vuelta y veo a un hombre de piel curtida por el sol y mirada despierta. Me observa esperando una respuesta mientras camina rápido a paso constante. Trato con dificultad de seguirle las pisadas, porque estoy agotada por la travesía.

Milagros cuenta con naturalidad que venía caminando desde hacía nueve horas. Había ido a controlar a sus vacas, que estaban del otro lado de la montaña más alta. Hablaba poco y muy bajito, como si quisiera pedir permiso para pronunciar cada palabra. Luego tuve esa misma impresión con mucha gente del lugar. Su actitud hacía prestar más atención, porque cada una de sus palabras era como un regalo inesperado.

Ese hombre no podía tener más de sesenta abriles, y sin embargo su fuerza vital contagiaba y me hizo andar sin detenerme ni tomar agua, porque ésas eran sus costumbres. “Con la hoja de coca alcanza”, explicó.

Mientras marchábamos le pregunté por el yugoslavo. Felipe tercero había ido a encontrar paz a aquel lugar que en ese entonces era prácticamente inhóspito. “Estaba medio loco- me dijo- y todas las noches se escuchaban sus disparos porque pensaba que todavía seguía en la batalla y que lo iban a matar”.
Dicen los locales que sus gritos desesperados todavía se escuchan a la noche, pero Milagros me lo contó riéndose. “Eso último es una anécdota para asustar a los turistas”, comentó divertido.

Por fin llegamos a San Isidro. Veo un grupo de cinco viajeros recostados en una especie de terraza. El paisaje a sus pies era como una música tranquila que invitaba a mecerse despacio. Las montañas tenían los colores de los minerales más diversos. El camino de tierra recorrido nos miraba desafiante porque había que volverlo a transitar. Entonces me despido de Milagros y me recuesto yo también.

Pasaron más de 70 años de la llegada del yugoslavo que anhelaba paz, pero hoy Iruya y San Isidro evocan la misma sensación que tiempo atrás. Felipe tercero y yo buscamos calma y llegamos hasta acá a empaparnos de tranquilidad. Así también lo hace la mayoría de los turistas que recorre el arduo camino a pie. Todos quieren encontrar la siesta que no se puede dormir en la ciudad.