El Fuerte Taragarh

Bundi

Los hindúes que construyeron el fuerte Taragarh no trabajaron con palabras, pero al viajero que llega a sus puertas le atraviesan las historias. Ochocientos años atrás alguien creyó que Bundi, la ciudad más chica del estado de Rajastán, también merecía su fortaleza. Quisieron hacer entonces la más hermosa, rodeada por todos los verdes y todos los monos. Hay quien dice que lo lograron.

Cumplidos los quinientos años, Taragarh conoció a Rudyard Kipling, y le susurró al oído la historia de un niño que creció entre animales. Él escuchó y escribió. Había nacido “El libro de la selva”. Hoy el fuerte ya no es tan fuerte. Le sobran ruinas, le falta pintura y tiene una artrosis que le deformó columnas y pisos. No hay en India, sin embargo, construcción más auténtica ni más orgullosa de sus años. Al menos, eso dicen en Bundi. Es la fortaleza sin cirugías. Casi un milenio de belleza natural.

Quien llega a sus puertas es bienvenido por dos estatuas de elefantes que reciben a un viajero, de seguro cansado, tras una caminata de una hora en subida. Se necesita un palo para defenderse de los monos de montaña, guardianes de las palabras que el fuerte poco a poco soltará. Es preciso atravesarlo en silencio, escuchar los ruidos entre las ramas, observar los colores verdes y marrones de la naturaleza que se impregna entre las ruinas. Es probable que el viajero se pierda, que no haya mapas, que no haya guías. Si mira al cielo y es de día, puede que confunda a las primeras estrellas con los barriletes que remontan los niños a lo lejos.

El fuerte que no fue hecho de palabras comienza a hablar. El viajero entra. Puede que descubra que no por estar cansado dejarán de existir las piedras, ni por maravillarse podrá ver el mar. Pero escucha. Puede que se abrume al descubrir que con 27 letras hay que decir el mundo. O puede que le de pánico oír a una fortaleza hablar. Pero Taragarh habla y todo viajero escucha. Una nueva página ya está siendo escrita.

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Mcloedganj, el hogar del Dalai Lama

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En el Tíbet hay cuatro opciones. Hay personas que se quedan y deben vivir presas de las leyes chinas, país que los reprime, los tortura y que ataca su cultura, su religión, sus tierras. Están los que son asesinados, y que ya superan el millón. Hay otros que se autoinmolan para hacer llegar su mensaje al mundo. Sin esta decisión extrema no llegarían a ser noticia. Ya se sabe, a nadie le interesan las historias viejas, y por eso ya van 138 tibetanos que decidieron, literalmente, explotar pidiendo: “liberen al Tíbet”. Y están los que se van, los ágiles que pueden y quieren escaparse.
Gyatso optó por esta última opción. A sus seis años tuvo que atravesar ríos y montañas del Himalaya para huir de las garras de China. Tardó un mes y medio en llegar a India, caminando, en pleno invierno y sin su familia, que no pudo cruzar. Nos dice que apenas llegó aquí, fue a pedir refugio al Dalai Lama, quien reside en Mcloedganj en los pocos ratos que no está predicando por el mundo su mensaje espiritual y de apoyo al Tíbet. Creo que decir su nombre es decir paz. Es decir presente. Es decir amor.
El primer libro que cargué en mi mochila antes de venir a India fue sobre él. Nunca imaginé que en mi último día en este país iba a poder verlo. Vinimos a Mcloedganj sin esperar tal cosa. Y entonces ya me iba feliz, plena.
Hoy me volví a encontrar con Gyatso mientras caminábamos con Flor en la montaña. Iba en moto y se desvió para decirnos: hoy viene el Dalai Lama. Fue algo imprevisto. Nadie lo esperaba. Se fue corriendo el boca a boca, pero en lengua tibetana.
Una de las leyes indias de la espiritualidad dice: “la persona que llega es la persona correcta”. Y ahí estaba Gyatso para avisarnos lo que de no ser por él no hubiésemos sabido.
Fuimos al templo. Nos ubicamos en la hilera de tibetanos que esperaba a su maestro. No éramos más de cien. El silencio. Las cabezas inclinadas, las manos juntas en señal de oración, telas blancas que algunos sostenían con fervor. La cara de paz en cada uno de los rostros. ¡Los tibetanos emanan tanta paz! El silencio. El om que un señor cantó tan bajito que apenas si se oía. El rosario con el que meditan escondido entre sus dedos. Silencio y más silencio. Gratitud de ver a quien predica tanto amor pasar en un auto, apenas custodiado, saludar y regalar una sonrisa, antes de entrar a su templo a descansar.
No hay fotos, no hay videos. Las mejores cosas siempre duran un instante. Éste fue tan intenso que no hizo falta nada más.
Decir India desde ahora será decir gracias, o mejor dicho, Namasté ❤️❤️❤️

Tan India

flores india

Se habla a partir de lo que se conoce y se vive. Se juzga según la costumbre. En Laos, país campesino, me preguntaron una vez si yo era granjera o maestra. No había otra opción. En Samoa, donde viven en comunidades unidas por parentesco, siempre me preguntaban dónde estaba mi familia. En el avión a Nueva Delhi un hindú me contó de su matrimonio por arreglo. Le conté que en Argentina la gente se casaba por amor (al menos eso dicen lo que se casan). Le pareció una travesura divertida. En Bundi, un pueblo al norte de India, un niño dibujó en mi agenda una vaca, un barrilete y un quiosquero. Si hubiese sido a conciencia, no hubiese podido describir mejor su pueblo. Claro, ¿qué otra cosa iba a dibujar si no es lo que ve todos los días?
Acá digo Argentina y espero a que respondan Messi. Pero en India juegan al criquet, y casi nadie conoce a ese señor. Nosotros morimos por un asado, y acá se mueren de hambre antes de hacerlo, y eso que las vacas caminan por doquier. Las vacas son su Messi, son su D10s. Y la diosa Krishna, su Gauchito Gil.

Bundi vacas india camello india

En Alaska los esquimales tienen tantas maneras de decir blanco como los pueblos del Amazonas dicen verde. Ninguna región conoce más estos colores como ellos. Eso es lo que ven, y pueden distinguirlo bien.                                                                                                               Sí, se habla y se juzga según lo que se conoce, pero viajando todo se descentra, se relativiza y se renueva. Las palabras, sin embargo quedan igual. Aunque se engalanen, son las mismas que aprendimos en la escuela. Y no hay esquimal que me ayude en esta. ¿Cómo describir la esencia de India? ¿Cómo resumirlo?
India es tan, tan… India, que quiero mil palabras para decir ME ENCANTA!