Mcloedganj, el hogar del Dalai Lama

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En el Tíbet hay cuatro opciones. Hay personas que se quedan y deben vivir presas de las leyes chinas, país que los reprime, los tortura y que ataca su cultura, su religión, sus tierras. Están los que son asesinados, y que ya superan el millón. Hay otros que se autoinmolan para hacer llegar su mensaje al mundo. Sin esta decisión extrema no llegarían a ser noticia. Ya se sabe, a nadie le interesan las historias viejas, y por eso ya van 138 tibetanos que decidieron, literalmente, explotar pidiendo: “liberen al Tíbet”. Y están los que se van, los ágiles que pueden y quieren escaparse.
Gyatso optó por esta última opción. A sus seis años tuvo que atravesar ríos y montañas del Himalaya para huir de las garras de China. Tardó un mes y medio en llegar a India, caminando, en pleno invierno y sin su familia, que no pudo cruzar. Nos dice que apenas llegó aquí, fue a pedir refugio al Dalai Lama, quien reside en Mcloedganj en los pocos ratos que no está predicando por el mundo su mensaje espiritual y de apoyo al Tíbet. Creo que decir su nombre es decir paz. Es decir presente. Es decir amor.
El primer libro que cargué en mi mochila antes de venir a India fue sobre él. Nunca imaginé que en mi último día en este país iba a poder verlo. Vinimos a Mcloedganj sin esperar tal cosa. Y entonces ya me iba feliz, plena.
Hoy me volví a encontrar con Gyatso mientras caminábamos con Flor en la montaña. Iba en moto y se desvió para decirnos: hoy viene el Dalai Lama. Fue algo imprevisto. Nadie lo esperaba. Se fue corriendo el boca a boca, pero en lengua tibetana.
Una de las leyes indias de la espiritualidad dice: “la persona que llega es la persona correcta”. Y ahí estaba Gyatso para avisarnos lo que de no ser por él no hubiésemos sabido.
Fuimos al templo. Nos ubicamos en la hilera de tibetanos que esperaba a su maestro. No éramos más de cien. El silencio. Las cabezas inclinadas, las manos juntas en señal de oración, telas blancas que algunos sostenían con fervor. La cara de paz en cada uno de los rostros. ¡Los tibetanos emanan tanta paz! El silencio. El om que un señor cantó tan bajito que apenas si se oía. El rosario con el que meditan escondido entre sus dedos. Silencio y más silencio. Gratitud de ver a quien predica tanto amor pasar en un auto, apenas custodiado, saludar y regalar una sonrisa, antes de entrar a su templo a descansar.
No hay fotos, no hay videos. Las mejores cosas siempre duran un instante. Éste fue tan intenso que no hizo falta nada más.
Decir India desde ahora será decir gracias, o mejor dicho, Namasté ❤️❤️❤️

Tan India

flores india

Se habla a partir de lo que se conoce y se vive. Se juzga según la costumbre. En Laos, país campesino, me preguntaron una vez si yo era granjera o maestra. No había otra opción. En Samoa, donde viven en comunidades unidas por parentesco, siempre me preguntaban dónde estaba mi familia. En el avión a Nueva Delhi un hindú me contó de su matrimonio por arreglo. Le conté que en Argentina la gente se casaba por amor (al menos eso dicen lo que se casan). Le pareció una travesura divertida. En Bundi, un pueblo al norte de India, un niño dibujó en mi agenda una vaca, un barrilete y un quiosquero. Si hubiese sido a conciencia, no hubiese podido describir mejor su pueblo. Claro, ¿qué otra cosa iba a dibujar si no es lo que ve todos los días?
Acá digo Argentina y espero a que respondan Messi. Pero en India juegan al criquet, y casi nadie conoce a ese señor. Nosotros morimos por un asado, y acá se mueren de hambre antes de hacerlo, y eso que las vacas caminan por doquier. Las vacas son su Messi, son su D10s. Y la diosa Krishna, su Gauchito Gil.

Bundi vacas india camello india

En Alaska los esquimales tienen tantas maneras de decir blanco como los pueblos del Amazonas dicen verde. Ninguna región conoce más estos colores como ellos. Eso es lo que ven, y pueden distinguirlo bien.                                                                                                               Sí, se habla y se juzga según lo que se conoce, pero viajando todo se descentra, se relativiza y se renueva. Las palabras, sin embargo quedan igual. Aunque se engalanen, son las mismas que aprendimos en la escuela. Y no hay esquimal que me ayude en esta. ¿Cómo describir la esencia de India? ¿Cómo resumirlo?
India es tan, tan… India, que quiero mil palabras para decir ME ENCANTA!

 

Vivas nos queremos!

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Viajé sola. Hice dedo y tenía que elegir por instinto a cuál auto subirme y a cuál no, en un país donde a nadie le pasa nada, pero igual soy mujer, y entonces tenía que cuidarme. Me hospedé en un hostel. Cuando salí de la habitación un tipo empezó a masturbarse frente a todos. Me hospedé entonces en una habitación privada. Entró un hombre a medianoche por error. Quedé temblando. Si quería me violaba. No iba a poder hacer demasiado. Se masturbaron frente a mis amigas en un tren. Vi nenitas camboyanas de la mano de viejos europeos que se divierten con el turismo sexual. Vi viejos europeos chistarles como a perros a nenitas camboyanas que salían del colegio. Me miraron como desnudándome demasiadas veces. Cuando viví afuera me mudé con una amiga a una habitación que habíamos alquilado. Resulta que el dueño quería sólo una inquilina y específicamente mujer. Le encontramos dibujos sexuales en el anotador de la cocina. El mismo día que nos mudamos, nos fuimos. Zafamos. Casi fui abusada, podría haber sido violada. Podría estar muerta, ser una menos. Fueron muchos casi. Y entre casi y casi, muchas no zafan. Y esto puede pasar en Camboya, en Europa o acá nomás… aunque vos, mujer, te cuides, te tapes, te rodees de amigos. Mirá cuántas madres machistas crían a sus hijos con el modelo patriarcal, prendé la tele y mirá Showmatch y las propagandas de productos de limpieza, y decime si eso podría cambiar algo. Empecemos por ahí también. Viajar o caminar sola por la calle no tiene que ser una odisea, y voy a seguir haciéndolo. Pero no tiene que haber ningún casi. No tiene que haber ni una menos. Ni hoy ni mañana.

Cómo cruzar la calle en Ho Chi Minh

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Para aprender el arte de la confianza, se llevó a un grupo de autoayuda a las calles de Ho Chi Minh, en Vietnam. Aquellos eternos escépticos debían realizar su última prueba: cruzar las calles atestadas de motos sin frenar, sin retroceder. Otra cosa no puede hacerse, porque hay que caminar para que el motociclista calcule la distancia y lo esquive. Casi no hay semáforos y ninguna rueda se detiene.

Hay que confiar. Confiar o confiar, no queda otra. Si la prueba sale mal, ese año el peatón comerá pan dulce con San Pedro, ya sea por negligencia del motorizado o por falta de seguridad que lo hizo detenerse en mitad del paso. De todas maneras, a las calles de Ho Chi Minh hay que cruzarlas. La primera vez será dificil, el corazón en la boca, las piernas que tiemblan. Si tiene suerte quizás las motos no doblen en diagonal, o quizás un vietnamita decida cruzar también. Entonces se sentirá seguro, e irá al campo de batalla gritando “This is Sparta” porque sabe que podrá hacerlo si está acompañado.

Si está solo, mi querido amigo, la prueba es dura pero no imposible. Primera regla: no vacile, no sea dubitativo. Si lo hace, le sucederá como a esta cronista y pasará minutos mirando la calle sin atreverse a cruzar. Es como en el sexo: no piense, haga. Y pasada la primera vez, de nuevo como en el sexo, querrá perfeccionarse, porque sabe que puede hacerlo mejor.

Entonces cruzará la calle cada vez más seguro, más confiado. Verá cómo los cascos y barbijos le rozan desvergonzadamente el cuerpo.. y será como una brisa de verano.

Usted, mi amigo, habrá aprendido el arte de cruzar la calle en Ho Chi Minh, y será bienvenido a Vietnam sin necesidad de seguro médico.

Próxima prueba: evitar el contacto visual con vendedores compulsivos.

La luna es luna, el reloj es reloj

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No quiero tener que contarte
Qué tiene de lindo la luna.
Si ayer nomás te reías de mí,
Que la miraba impávida,
mientras vos mirabas el rejoj.
Y entre ese tic tac me explicaste
Que la tierra tiene un piso,
No un cable que te une a la savia de la vida,
Como yo siempre pensé,
Sino un piso. De esos que te hacen sangrar los pies
Porque te quieren avisar que allí no hay nada.
No hay abajo, no hay arriba, no hay ayer, no hay después.
No hay poesía.

Fijate cómo te sangran los pies bien clavados en el piso, me dijiste.
Miro los tuyos. Me pongo a llorar.
Fijate cómo la luna es luna, y el reloj es reloj,
Cómo tu boca no te sirve para comerte al mundo.
Date cuenta nena, me dijiste.
No existe tal revolución de querer cambiar las cosas.
Las cosas son cosas. Fijate bien.
El cielo no llora. Llueve.
La madre tierra no es madre de nadie.
La tierra es tierra, me dijiste.
Y la madre, madre.
Ninguna rosa te desgarra
Y no te puede matar una guitarra.

Y así te fuiste, a clavarte los pies todavía más hondo
En el piso tedio, en el piso zapping, en el piso shopping.
Y no llegué a explicarte que existe gente sin swing,
Como vos decís, como me contaste,
Que no pueden mirar la luna,
Que no entienden la luna.
Que la miran y la llaman luna,
Porque dicen que la luna es luna
Y las cosas son cosas.

El reloj te apuró y te fuiste,
Y ahora ya no quiero contarte cómo es que una guitarra
También puede ser ventana.
Se puede ser la rosa que desgarra,
Se puede ser piso de nubes y pies que no sangran.
Se puede ser madre y tierra a la vez.
Se puede ser luna también.
Date cuenta nene, fijate bien,
Que vos también podés ser luna.

Al que busca

“No se encuentra sino lo que se busca, y se busca lo que existe en lo más profundo del corazón”

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Nada de lo que buscas vendrá por ti,
a menos que lo llames a gritos
y repitas su nombre en sueños una y otra vez.
Al menos, eso te dijeron.

Lo que buscas juega a las escondidas.
Pareciera que gana siempre,
pero cuando se esconde te mira,
y busca tu mirada, y quiere que lo encuentres,
y te pongas a jugar con él.

Eso que anhelas te está esperando.
A veces erguido y sin vacilar,
otras sentado en el remanso.
Pero te espera.

Lo que buscas te espera.
Y tú lo esperas a él.
Entonces la espera es la que se cansa
y la que llama a gritos tu nombre
y los repite en sueños una y otra vez.

La espera ya no quiere recorrer esa distancia.
Entonces se agobia y se sienta a esperar.
Y tú buscas, buscas y buscas,
y lo que deseas, te mira expectante.

Y tú recorres las calles y callejones.
Y parece que cada vez se esconde mejor.
Hasta que cierras los ojos
y ves para adentro por primera vez.

Sientes en el alma
el calor de la distancia que se cierra,
de la espera que se aleja,
de unos ojos fatigados que te miran.
Vaya a saber uno hace cuánto que te miran…

Entonces cierras los ojos, esta vez más fuerte.
Y te sorprende descubrir que lo deseado
siempre ha estado allí,
y te pide salir para mirarte desde fuera.
Y entonces es cuando se encuentran,
porque lo dejas salir.

Entonces él te deja mirarlo.
y ya no hay más espera.
Y tú, que buscas, finalmente encuentras.

El lugar que me contaste

curso fotografía

Fin del cuso de fotografía. Inevitable seguir pensando en eso.
Pensar en todas las fotos que voy a sacar mientras doy vueltas por el mundo.
Pero mejor empiezo ahí…
Ahí, en ese lugar que me contaste, donde me está esperando alguien.
Quién sabe si él me reconocerá, porque ahora, incluso para mí, su imagen está difusa.
De todas maneras, pienso que me va a estar esperando. Y de brazos cruzados, como quien aguarda toda una vida…
Su rostro será toda una sorpresa. No lo puedo bosquejar siquiera ahora, con el tiempo a mis pies, con los sueños de mi lado. No, no puedo.
Entonces, mejor sigo pensando en ese lugar que me contaste.
Recuerdo la charla en la que robé para mí tu lugar soñado. Ese que decías que era mágico.
Pienso ahora en ese sitio.
Le agrego a la mesita en la que me escribiste esa única carta, varios libros que tengo pendiente leer.
Por allí están Flaubert, Dostoyevsky y Woolf.
Pienso también en el olor a madera que no supiste describirme. No hizo falta. Me lo imaginé cuando vi la foto. Era aroma a roble, definitivamente.
Pienso también en las ganas de querer fotografiarlo todo.
Y en ese lápiz. Y en ese papel.
Y en esa mañana lluviosa que no pude salir a caminar.
Me veo sentada.
Estoy entera.
Como quien conoce su casa de toda la vida, entra la persona que me estaba esperando.
Afloja sus brazos, ya no más cruzados.
De nuevo pienso en su rostro, y no veo nada. Su silueta está desdibujada.
Creo que me saluda con la cabeza, pero no logro percibirlo del todo.
Corro mi rostro y bajo la mirada hacia la taza de café.
Ya no le sale humo. Se me está enfriando.
Pienso entonces en tomarlo rápido.
Ese alguien habrá puesto música, porque empiezo a escuchar una melodía tranquila.
Tranquila y hermosa.
Ahora lo noto, canta Charly García.
Me parece que es un disco de vinilo, porque la voz se escucha entrecortada, como si cantara Gardel. No me molesto en fijarme. De todas maneras, suena mejor así.
Miro a esa persona que me estaba aguardando.
¿Qué espera de mí? ¿Y qué es lo que vine yo a buscar?
Pienso que ninguno de los dos sabemos por qué nos encontramos en ese lugar que me contaste.
Nos sentimos incómodos. O por lo menos, yo.
Mientras agarro el lápiz y papel (por agarrar algo nomás, porque no quiero escribir), siento que ese alguien me mira.
No le devuelvo la mirada. Sólo pienso en lo triste que se deben ver mis ojos hoy.
Continúo pensando en el sitio que creías mágico.
Siguen estando los cuadros tan lindos que me dijiste que había.
Sigue también la caña de pescar.
Le agrego un mantel a la mesa, para volver al lugar más acogedor.
Espero no te moleste.
Pienso que estoy allí sentada mirándolo todo.
La lluvia es de esas sutiles, con esas gotas que da gusto escucharlas bajo un techo de chapa como el de esta casa.
Y el olor de la naturaleza es más placentero todavía.
Puedo sentir a las flores renacer afuera.
Pienso que ya casi es mediodía.
Me paro y me alejo de la silla. Camino hacia el tocadiscos y apago la música.
Por primera vez la mano de aquel sin rostro me toca.
Quiero decirle que quiero escuchar llover.
No es que me moleste la melodía, no es que no disfrute de ella, no es que no me guste esa voz… no. No, no puedo decirlo.
No me salen las palabras. Levanto la vista para mirarlo y me contento con ver que se aleja hacia la mesa. Mira mis libros. Se distrae. Agradezco al cielo por ello.
Tomo mi cámara y le saco una foto.
Él está de espaldas. Mejor así.
Me acerco a la ventana. Nunca un paisaje más mágico que aquél.
Pienso que tenías razón en llamarlo hermoso.
Le saco una foto. No la describo porque guardo la promesa que te hice.
Nadie va a saber de ese lugar. Además, por las dudas, borré la caña de pescar.
Y los cuadros.
Pienso en las ganas de salir a caminar.
Me doy cuenta que si me quedo, no es por culpa del día lluvioso.
Porque pienso en las gotas contra mi rostro y me dan ganas de correr al aire libre, como hice una noche de tormenta, esa que me dio un resfrío y un amor.
Sin embargo, me quedo allí.
Pienso en acercarme a ese alguien, y lo hago.
Lo doy vuelta hacia mí. Me mira. Me sonríe.
Yo me emociono.
De repente, él no me resulta tan extraño.
No sé por qué llegué hasta ese lugar buscando a aquél sin rostro.
No sé por qué él me esperaba.
Pero me quedo. Lo dejo mirarme.
Seguro nota mis ojos tristes. Por si acaso, yo me dibujo una sonrisa tímida.
Espero que se la crea.
De a poco, dibujo también su rostro.
No había notado que estaba mojado. Él sí había salido a correr bajo la lluvia.
La tinta se corre un poco.
Termino de dibujar.
Su cara quedó difusa. Otra vez, mejor así.
Pienso en la casa de aquel lugar del mundo. Su olor a madera, a tierra viva, su música, su mesa, su silla, su mantel…
Sus papeles, sus libros, su lápiz, su ventana…
Y ese alguien, ya no tan extraño.
Me acerco a la mesa. Pruebo lo que queda del café. Ya está frío.
Lo miro a él.
“Ya descubriremos para que estamos acá”, me dice. Y se va afuera.
A lo lejos, lo escucho cantar. Creo que, de nuevo, es un tema de Charly.
Agarro mi cámara y lo sigo. Le digo esta vez que se dé vuelta y sonría.
Le saco la foto, y me voy a caminar, cantando yo también.

La Venezuela escondida

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Venezuela es un país versátil y es por eso que me gusta. Hasta antes de recorrerlo, había escuchado sus historias en primera persona, y también las del amigo de un amigo de un amigo. Que tiene mar azul, que hay selva, hay ríos, hay montañas milenarias, que la gente, la gente, la gente, las arepas, que todos son simpáticos como Cathy Fulop y verborrágicos como Hugo Chávez.

Ese cruce de famosos da una mezcla rara que prefiero no atribuir a todos los venezolanos, pero si es cierto que es un pueblo que reparte sonrisas a donde sea que va. Y también es cierto que, aún fuera del circuito turístico reconocido a nivel mundial, la naturaleza que hay en Venezuela es tan versátil como hermosa.

Choroní es uno de esos lugares que lo confirma. Ubicada al norte del país tropical, a unos 140 km de Caracas, esta playa del Caribe invita a abrir los ojos y alzar los brazos. Es que aquí se da algo inusual: el abrazo entre mar, río y selva se hace posible y está al alcance de la mano.

choroníLlegar a este pueblo de pescadores ya es una aventura en sí misma, pero el trayecto, tan movido como bailar el reggaetón, no impide que miles de venezolanos elijan pasar las vacaciones en sus playas. Incluso en temporada alta, de diciembre a enero, cuando los caminos siguen anegados por los resabios de las lluvias, los autobuses viajan llenos. Eso sí, en este cuadro ver turistas extranjeros es igual de difícil que encontrar a Wally.

El destino obligado para empezar la travesía es acercarse a Maracay, ciudad a la que se puede arribar en transportes públicos desde Caracas en un viaje de 100 km. Desde allí hay que tomar un bus hasta la preciada playa del estado de Aragua, atravesando el Parque Nacional Henri Pittier, el más antiguo del país.

En Venezuela viajar en bus implica esperar lo que haga falta hasta colmar la capacidad de pasajeros. La mayoría de estos transportes no tiene horario fijo y sus choferes reúnen a los viajeros tras gritar en la estación el nombre del destino programado.

Es algo así como un desorden organizado. Hay largas colas pero no hay quejas ni resoplidos impacientes y todos terminan consiguiendo un medio para viajar, ya sea en buses de lujo o en vehículos antiguos que por un precio muy bajo transportan a numerosos y comprimidos pasajeros en un pequeño espacio.

En este último transporte viajé yo, rodeada de lugareños junto a sus familias o amigos, y también de una numerosa comunidad gay de caraqueños felices de alejarse de la tradicional capital. Recuerdo las miradas cálidas de asombro y las sonrisas eternas de los locales, que ya me estaban contagiando. Parecía que finalmente habían encontrado a Wally, sólo que sin lentes ni bastón.

Desde Maracay a Choroní hay un trayecto de unas dos horas. El camino a recorrer es sinuoso y de a ratos se vuelve empinado y algo inaccesible. La selva anuncia su llegada con el olor a tierra viva que se impregna en cada rincón de los buses. No puede escucharse el ruido exterior porque en la caravana de transportes suena música de fiesta.

ChoroniiiEn el autobús que me tocó, fue el propio chofer quien se encargó de elegir las canciones, y ante un pequeño descanso todos comenzaban a pedir a tono y cantando: ¡Reggaetón, reggaetón, reggaetón! La mayoría incluso se animaba y se ponía a bailar sin tapujos, tomando a escondidas un ron popular que compartían adultos y niños.

Terminé el recorrido en la estación de autobuses. Desde allí hay que caminar algunas cuadras hasta el centro del pueblo de Choroní, donde viven alrededor de cinco mil habitantes.

La actividad se agrupa en la calle principal, que conserva la rusticidad y las casas coloridas propias de la época de su fundación como colonia española, en 1616. En este marco señorial se mezclan los bares, restaurantes, farmacias, hoteles, posadas y demás servicios destinados a complacer al turista, ofreciendo más practicidad que lujos.

Además, se puede dormir en hamacas paraguayas ubicadas en algunos hostales o casas de familia o simplemente acampar gratis en la playa frente al mar, que es lo que prefiere la mayoría. Esta última elección resulta atractiva para muchos, pero deben saber también su aspecto negativo: en los espacios públicos para pernoctar la arena ya no es tan limpia y su suelo refleja los residuos de las noches de fiesta.

Fiesta…otra vez esa palabra. Es que este pueblo refleja la cultura de un país que lleva la alegría como bandera, y no deja de flamearla. En las noches, sobre todo, Choroní se vuelve sede de la música caribeña que agrupa a jóvenes en la playa y en el malecón principal. El reggaetón y la salsa se mezclan con la melodía de los tambores que evoca la tradición africana del lugar.

ChoroníFue en esta región venezolana en donde los esclavos de África arribaron durante la colonización española, por ser un sector clave para la recolección de cacao de Latinoamérica. Las huellas de este pasado se reflejan fielmente hoy, en la tez oscura y las tradiciones, sobre todo musicales, de los nativos del estado de Aragua.

En una de esas noches de tambores y guitarras conocí a un grupo de caraqueños aficionados a la canción. Bailando reggaetón en ronda e invitando a todos a acercarse a ellos, formaron un grupo de jóvenes con una energía tan exuberante como las curvas de las mujeres de este país.

Y esta pasión que distingue al pueblo caribeño de los tímidos extranjeros del lugar, lejos de separar, une. Al instante me incluyeron en la ronda. De pronto me encontré tarareando una canción que pocos sabían y callé al escuchar que no se oía ninguna otra voz.

“¿Tenés vergüenza?”, dijo uno asombrado mirándome fijo a los ojos, y esa palabra sonó extraña en su boca. No la usan, la saltean en el diccionario e incluso les parece graciosa. Wally había sido descubierto y no me quedó otra opción que ponerme a cantar y celebrarlo.

El paisaje de Choroní se parece a una pintura en donde el artista no decide qué tipo de naturaleza pintar, y entonces las retrata todas juntas. Es justamente así, porque hay ríos, mar, palmeras, montañas y más y más vegetación verde. Todo encaja en un solo lugar. Las aguas transparentes y agitadas de esta región del Caribe bañan la arena blanca y de fondo puede verse la selva tropical.

Playa Grande es el balneario más reconocido. Durante el día se puebla de turistas abocados al relax o a recreaciones acuáticas como el snorkel y el buceo. También se pueden hacer tours para recorrer las montañas del Parque Nacional Henri Pittier.

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En esta reserva se encuentra el 40 por ciento de los pájaros del país, y es a su vez hábitat de monos capuchinos, culebras, armadillos y pumas. Las excursiones al Parque en general incluyen la visita a plantaciones de banana y café y la posibilidad de hacer tirolesa y observación de aves autóctonas.

Uno de los paseos más populares para hacer desde Choroní es visitar el pueblo de Chuao, otra perla escondida de Venezuela. A ella se llega por medio de embarcaciones que salen diariamente desde el malecón central.

Recuerdo que llegué a Chuao en un barquito, y a medida que divisaba las orillas de este  pueblo de pescadores parecía que se detenían las agujas del reloj. Mas bien, parecía que allí no se necesitaba reloj. Es un sitio todo corre despacio, como si siempre fuera el momento de la siesta. Las aguas no son tan transparentes como en Choroní, ya que abundan las algas, pero su oleaje calmo transmite una paz que falta en Playa Grande.

Chuao

La arena es más rugosa pero a la vez menos contaminada que en Choroní, donde los residuos son parte del paisaje, sobre todo en las playas más concurridas. La principal atracción de Chuao es visitar sus plantaciones, ya que el pueblo es conocido por tener la cosecha del “mejor cacao del mundo”.

Las embarcaciones coloridas y los rostros oscuros de los nativos, mezcla de raíces indígenas, africanas y españolas, tiñen al ambiente de un contraste de colores tan llamativo como lo es el paisaje montañoso de la cordillera de la Costa y la vegetación verde del lugar.

Sin perder la costumbre, los lugareños saludan con una sonrisa y se quedan imperturbables ante el clic de las fotos de los poquísimos turistas que hay y que buscan retratarlos. Y no lo hacen poniéndose en pose, sino que ríen desinteresadamente y relajados en completa unión con su tierra, su pueblo y sus visitantes.

ChoronI

Se puede ir y volver a Chuao en el día, y se llega en unos veinte minutos desde Choroní. Aquí también se puede acampar gratis en la playa y es casi la única opción, porque hay muy pocas posadas y no mucha gente se queda a pernoctar.

A la noche lo ideal es disfrutar de la gastronomía local en los puestos de la costa. Las comidas más populares son los plátanos fritados, a los que llaman tostones, y las arepas, una especie de pan a base de harina de maíz. No son para nada dietéticas, pero sí muy dulces y sabrosas.

No hay movimiento en las noches de Chuao. Los pocos puestos ambulantes de comidas rápidas cierran al anochecer, al igual que los bares. Es la hora en que los pescadores duermen y el mar arrulla a los viajeros que acampan en la costa. Es una canción de cuna de mil estrellas, que allí, lejos de las ciudades, suena mucho mejor.

Durante mi estadía por estas playas me quedó la sensación de haber encontrado una perla perdida en el mundo, conocida sólo en su país. Se sabe que ya no existen parajes inhóspitos ni desconocidos y Choroní y Chuao tampoco lo son, pero tampoco son sede del turismo masivo y ahí está su encanto.

La naturaleza entonces se vive como un regalo a las pupilas: no está sobreexplotada ni manipulada, sino que fluye a su propio ritmo. La cultura del lugar también se vive a flor de piel, sobre todo porque la mayoría de los turistas son nativos del país y permiten el trato desinteresado mientras contagian su alegría.

La Venezuela escondida resulta imperdible quizás por ello. Se dice que la gente hace al lugar, y en este caso es imposible recordarlo sin sonreír.

Datos útiles

Alojamiento en Choroní:

Posada de Las García: habitación doble $540 Bs en temporada baja, $648 Bs en temporada alta (desayuno, piscina y estacionamiento incluidos)  Acceso por vía el Portete.

Posada Pittier: habitación doble $750 Bs en temporada baja, $1000 Bs en temporada alta (sin desayuno). Piscina y estacionamiento incluidos. A 900 mts de la playa y 50 mts de la estación de servicios PDV.

Posada Turpial: habitación doble $665 Bs en cualquier temporada (desayuno incluido). Calle José San Maitín, numero 3.

Dónde comer:

Mango: comida tradicional con un toque gourmet. Abierto de martes a domingo. Ubicado en el sector de Puerto Colombia. Precio aproximado por persona: $60 Bs.

Playa Café: ofrece desde platos gourmet hasta comida rápida. Calle Morillo del sector Puerto Colombia. Precio aproximado por persona. $90 Bs.

La Alemana: platos tradicionales venezolanos y comida alemana. Abierto los fines de semana. Camino a Playa Grande. Precio aproximado por persona: $60 Bs.

Bokú: tapas y grill. Ubicado en la calle Morillo del sector Puerto Colombia. Precio aproximado por persona: $70 Bs.

¿Por qué viajar?

travel

Nueve meses en Nueva Zelanda cambiaron mi vida. Sí, y no fue por el lugar geográfico ni por el tiempo, sino más bien por todo lo que fui aprendiendo y conociendo. Me resulta muy difícil contar mi viaje, porque hoy, a la distancia, descubro que poco importa dónde estuve y de qué trabajé, que todo eso es accesorio si lo dimensiono con la experiencia enriquecedora que me hizo ser quien soy.

Trabajando en distintos rubros aprendí a ser compañera y trabajar en equipo.

Aprendí que el ejemplo es la mejor forma de aprender. Viendo cómo me ayudaban, me daban ganas de retribuir.

Aprendí a desapegarme de muchas cosas materiales, no sólo por viajar con una simple mochila, sino por conocer gente que me hospedó en su casa sin pedir nada, o me invitó a usar su wifi para que pueda hablar con mi familia, o me levantó en la ruta miles y miles de veces para llevarme a trabajar sin conocerme… E incluso me pidieron que les cuide su casa por varios días luego de una simple conversación.

Aprendí a confiar en las personas que tenía al lado, muchas de las cuales hoy son mis amigos y parte de mi familia. ¡Cuántas veces salí a hacer dedo diez minutos antes de mi horario de trabajo, estando a cuatro kilómetros de distancia, con la certeza de que algún auto iba a pararse y llevarme! Y siempre fue así…Nunca llegué tarde.

Claro que eso no pasa en todas partes del mundo ni en toda Nueva Zelanda, pero elijo vivir en lugares donde la tranquilidad es moneda corriente, y entonces las barreras se bajan y aparece la confianza, la camaradería.

Aprendí a disfrutar de los mejores atardeceres en un silencio senador.

Y también me acostumbré a cosas hermosas, como levantarme con el ruido de los grillos y olvidarme del ruido de los autos y de los semáforos.

Me acostumbré a no usar llave y a saludar a los que pasan caminando a mi lado. A sonreírles.

Me acostumbré a decir gracias cuando la naturaleza me regala su paisaje hermoso. Ahora siempre, siempre digo gracias.

Me acostumbré a desafiarme eligiendo muchas veces caminos difíciles solo por el simple hecho de “ver qué pasa”. Y así aprendí a confiar en mi instinto por sobre la razón.

Y así llegué a vivir en lugares preciosos con gente que me brindo todo lo que yo necesitaba, y de la que aprendí un montón.

Elegir un lugar sólo porque hay algo ahí, una corazonada que dice “ése es el lugar”. Y entonces las cosas pasan.

Aprendí a dejarme ayudar y entender que eso no te vuelve vulnerable, sino que te acerca al otro. La mayoría de la gente ayuda porque realmente lo siente, y no dejarse ayudar es negarse a un camino de amor.

Aprendí a ser tolerante con quien es distinto y a tomar a cada persona como un maestro, que tiene algo que enseñarnos.

También me acostumbré a moverme, a cambiar, a salir de la rutina una y otra vez. A salir de los lugares seguros para sentirme más viva.

Me acostumbré a ver personas descalzas en el super o en los bares sin juzgar, así como visto yo sencilla y nadie mira lo que tengo puesto.

Me acostumbré a comer en silencio, con charlas con amigos o con música, cuando antes lo hacía muchas veces con la tele prendida.

Hace nueve meses que no miro tele y cuando la prendo todo me parece ficticio, armado, exagerado. Apago la tele y enciendo mi vida, que será imperfecta pero por lo menos es real.

Aprendí por ello a elegir lo que yo deseo ver, con una herramienta mucho más inclusiva como lo es Internet.

Me acostumbre a preguntar primero cosas sencillas antes de ¿qué estudias? O ¿de qué trabajas?…Como si uno no pudiese definirse por fuera de eso.

Viajando uno simplemente ES. Y es más allá del entorno de los amigos, familia, clase social, barrio o lo que fuera.

Aprendí a ver las encrucijadas como un mar de nuevas oportunidades.

Aprendí a dejar muchas veces la cámara de lado para simplemente vivir el momento. No para mostrarlo al mundo o enmarcarlo, sino para realmente vivirlo.

Ejercité mi mente con pensamientos positivos y deseando fuerte lo que quiero que pase, pero entendiendo también que se obtiene a veces lo que se necesita, aunque al principio resulte difícil de ver.

Aprendí a escuchar las necesidades de mi cuerpo y mente y hacerles caso. Dejar atrás personas, lugares, moverse. A veces no es fácil, a veces da miedo… ¡Pero vaya sí uno aprende!

Aprendí a abrirme al mundo muchas veces sin la contención de familia y amigos. Entonces me hice fuerte.

Me acostumbré a ser saludable… Algo que no sé muy bien cómo es que pasa, pero hace nueve meses que no tomo medicamentos. Si hago memoria, sólo una pastilla para un leve dolor de cabeza y un remedio para una infección de picadura.

Pasé un invierno frío sin un resfrío, fiebre ni gripe. Y quien sabe, quizás es por todo lo que fui aprendiendo… Porque la salud física es reflejo de salud mental.

Aprendí, y sigo aprendiendo la lección que mas me cuesta… A soltar y desapegarse.

Resulta difícil desconectarse del contacto continuo con viejos y nuevos amigos para vivir el presente. La tecnología es un arma de doble filo. Acerca y a la vez aleja a las personas.

Pero de a poco voy aprendiendo a extrañar con una sonrisa y agradecer por aquello hermoso que está en otro lugar del mundo, pero está. Y así valoro mucho más a personas y momentos que antes, por costumbre, no dimensionaba.

Me acostumbré también a entender a las lenguas como ventanas a nuevos mundos, nuevas conciencias y aprendizajes. ¡Resulta que quiero hablar en todos los idiomas!

Y también aprendí a viajar sin considerarlo un paréntesis en mi vida. Nada de cuando vuelva voy a empezar esto o averiguar lo otro. Viajar no significa poner la vida en “stand by” ni contener el aliento… Porque seguimos respirando y el tiempo sigue corriendo, aunque ya no use tanto el reloj y no recuerde bien las fechas.

Aprendí a viajar liviana de ropas y con la mente abierta a un mundo entero de maestros y escuelas.

Viajar para aprender y conocer realidades distintas, para conocerse y encontrar la mejor versión de uno mismo.

Y así es linda… Así es tan linda la vida. ¡Gracias vida!

Samoa en la piel

fale

Un rato antes de que caiga el sol, fuimos con Sia a una de las tantas iglesias del barrio. Todas las tardes hay práctica de baile. El próximo mes hay una presentación oficial para la gente del pueblo, entonces ningún bailarín puede faltar.

Caminamos media hora acompañados por el calor y la humedad sin que Sia detuviera sus pasos ágiles un sólo momento. Plantas selváticas, autobuses antiguos e igual de coloridos que el patio florido de cada fale, niños por aquí y por allá, sonrisas contagiosas… Imágenes rápidas y entrecortadas. Sia estaba apurada y no había tiempo de pararse a observar.

autobus samoa

Cuando llegamos nos pidió que descansaramos. Fue otro de sus decretos que no dejan lugar a réplica.

Entonces nos sentamos en un fale frente a la iglesia. Al lado nuestro reposaban unos samoanos vestidos con una tela larga y colorida atada a la cintura, a modo de pollera. Así visten las mujeres y hombres del lugar, combinando el atuendo con camisas floreadas o remeras del mismo tono.

Así estaba también vestida yo, porque usar short en ese contexto era como instalar un cibercafé en el medio de Savaii. Algo completamente fuera de lugar.

Escucho que hablan samoano, un lenguaje dulce y cantarino. Entonces los saludé y entre señas y palabras en inglés me mostraron sus tatuajes.

samoanosOrgulloso de que estuviese viendo parte de su vida marcada en su piel, uno de los hombres se paró y se sacó su camiseta.

Días y noches pasó Sione sufriendo un dolor sin lágrimas, contando su vida a aquel que convertía la historia en imágenes indelebles con un hueso de animal a modo de pincel y una herencia ancestral de manos mágicas.

Ahora es un hombre valiente y respetado por su comunidad. Los trazos negros que decoran sus caderas y piernas revelan la hombría y la fuerza del niño que dejó atrás con el último trazo de tinta y la primera palabra de joven varón.

tatuaje samoano

Sione se endereza y posa ante la cámara sin que yo se lo pida. Me dan ganas de preguntarle muchísimas cosas que no puede entender, porque yo no hablo samoano. Entonces dejo que su cuerpo hable y éste me cuenta la historia de su pueblo querido, historia de independencia y libertad, de música, familia, Dios y mar sereno.

Hay un pedacito de Samoa marcado en Sione, y no hace falta ya que intercambiemos palabras, porque su cuerpo grita por sí sólo las historias más lindas que nadie jamás podrá contar.