Mcloedganj, el hogar del Dalai Lama

img_2262

En el Tíbet hay cuatro opciones. Hay personas que se quedan y deben vivir presas de las leyes chinas, país que los reprime, los tortura y que ataca su cultura, su religión, sus tierras. Están los que son asesinados, y que ya superan el millón. Hay otros que se autoinmolan para hacer llegar su mensaje al mundo. Sin esta decisión extrema no llegarían a ser noticia. Ya se sabe, a nadie le interesan las historias viejas, y por eso ya van 138 tibetanos que decidieron, literalmente, explotar pidiendo: “liberen al Tíbet”. Y están los que se van, los ágiles que pueden y quieren escaparse.
Gyatso optó por esta última opción. A sus seis años tuvo que atravesar ríos y montañas del Himalaya para huir de las garras de China. Tardó un mes y medio en llegar a India, caminando, en pleno invierno y sin su familia, que no pudo cruzar. Nos dice que apenas llegó aquí, fue a pedir refugio al Dalai Lama, quien reside en Mcloedganj en los pocos ratos que no está predicando por el mundo su mensaje espiritual y de apoyo al Tíbet. Creo que decir su nombre es decir paz. Es decir presente. Es decir amor.
El primer libro que cargué en mi mochila antes de venir a India fue sobre él. Nunca imaginé que en mi último día en este país iba a poder verlo. Vinimos a Mcloedganj sin esperar tal cosa. Y entonces ya me iba feliz, plena.
Hoy me volví a encontrar con Gyatso mientras caminábamos con Flor en la montaña. Iba en moto y se desvió para decirnos: hoy viene el Dalai Lama. Fue algo imprevisto. Nadie lo esperaba. Se fue corriendo el boca a boca, pero en lengua tibetana.
Una de las leyes indias de la espiritualidad dice: “la persona que llega es la persona correcta”. Y ahí estaba Gyatso para avisarnos lo que de no ser por él no hubiésemos sabido.
Fuimos al templo. Nos ubicamos en la hilera de tibetanos que esperaba a su maestro. No éramos más de cien. El silencio. Las cabezas inclinadas, las manos juntas en señal de oración, telas blancas que algunos sostenían con fervor. La cara de paz en cada uno de los rostros. ¡Los tibetanos emanan tanta paz! El silencio. El om que un señor cantó tan bajito que apenas si se oía. El rosario con el que meditan escondido entre sus dedos. Silencio y más silencio. Gratitud de ver a quien predica tanto amor pasar en un auto, apenas custodiado, saludar y regalar una sonrisa, antes de entrar a su templo a descansar.
No hay fotos, no hay videos. Las mejores cosas siempre duran un instante. Éste fue tan intenso que no hizo falta nada más.
Decir India desde ahora será decir gracias, o mejor dicho, Namasté ❤️❤️❤️

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s