El lugar que me contaste

curso fotografía

Fin del cuso de fotografía. Inevitable seguir pensando en eso.
Pensar en todas las fotos que voy a sacar mientras doy vueltas por el mundo.
Pero mejor empiezo ahí…
Ahí, en ese lugar que me contaste, donde me está esperando alguien.
Quién sabe si él me reconocerá, porque ahora, incluso para mí, su imagen está difusa.
De todas maneras, pienso que me va a estar esperando. Y de brazos cruzados, como quien aguarda toda una vida…
Su rostro será toda una sorpresa. No lo puedo bosquejar siquiera ahora, con el tiempo a mis pies, con los sueños de mi lado. No, no puedo.
Entonces, mejor sigo pensando en ese lugar que me contaste.
Recuerdo la charla en la que robé para mí tu lugar soñado. Ese que decías que era mágico.
Pienso ahora en ese sitio.
Le agrego a la mesita en la que me escribiste esa única carta, varios libros que tengo pendiente leer.
Por allí están Flaubert, Dostoyevsky y Woolf.
Pienso también en el olor a madera que no supiste describirme. No hizo falta. Me lo imaginé cuando vi la foto. Era aroma a roble, definitivamente.
Pienso también en las ganas de querer fotografiarlo todo.
Y en ese lápiz. Y en ese papel.
Y en esa mañana lluviosa que no pude salir a caminar.
Me veo sentada.
Estoy entera.
Como quien conoce su casa de toda la vida, entra la persona que me estaba esperando.
Afloja sus brazos, ya no más cruzados.
De nuevo pienso en su rostro, y no veo nada. Su silueta está desdibujada.
Creo que me saluda con la cabeza, pero no logro percibirlo del todo.
Corro mi rostro y bajo la mirada hacia la taza de café.
Ya no le sale humo. Se me está enfriando.
Pienso entonces en tomarlo rápido.
Ese alguien habrá puesto música, porque empiezo a escuchar una melodía tranquila.
Tranquila y hermosa.
Ahora lo noto, canta Charly García.
Me parece que es un disco de vinilo, porque la voz se escucha entrecortada, como si cantara Gardel. No me molesto en fijarme. De todas maneras, suena mejor así.
Miro a esa persona que me estaba aguardando.
¿Qué espera de mí? ¿Y qué es lo que vine yo a buscar?
Pienso que ninguno de los dos sabemos por qué nos encontramos en ese lugar que me contaste.
Nos sentimos incómodos. O por lo menos, yo.
Mientras agarro el lápiz y papel (por agarrar algo nomás, porque no quiero escribir), siento que ese alguien me mira.
No le devuelvo la mirada. Sólo pienso en lo triste que se deben ver mis ojos hoy.
Continúo pensando en el sitio que creías mágico.
Siguen estando los cuadros tan lindos que me dijiste que había.
Sigue también la caña de pescar.
Le agrego un mantel a la mesa, para volver al lugar más acogedor.
Espero no te moleste.
Pienso que estoy allí sentada mirándolo todo.
La lluvia es de esas sutiles, con esas gotas que da gusto escucharlas bajo un techo de chapa como el de esta casa.
Y el olor de la naturaleza es más placentero todavía.
Puedo sentir a las flores renacer afuera.
Pienso que ya casi es mediodía.
Me paro y me alejo de la silla. Camino hacia el tocadiscos y apago la música.
Por primera vez la mano de aquel sin rostro me toca.
Quiero decirle que quiero escuchar llover.
No es que me moleste la melodía, no es que no disfrute de ella, no es que no me guste esa voz… no. No, no puedo decirlo.
No me salen las palabras. Levanto la vista para mirarlo y me contento con ver que se aleja hacia la mesa. Mira mis libros. Se distrae. Agradezco al cielo por ello.
Tomo mi cámara y le saco una foto.
Él está de espaldas. Mejor así.
Me acerco a la ventana. Nunca un paisaje más mágico que aquél.
Pienso que tenías razón en llamarlo hermoso.
Le saco una foto. No la describo porque guardo la promesa que te hice.
Nadie va a saber de ese lugar. Además, por las dudas, borré la caña de pescar.
Y los cuadros.
Pienso en las ganas de salir a caminar.
Me doy cuenta que si me quedo, no es por culpa del día lluvioso.
Porque pienso en las gotas contra mi rostro y me dan ganas de correr al aire libre, como hice una noche de tormenta, esa que me dio un resfrío y un amor.
Sin embargo, me quedo allí.
Pienso en acercarme a ese alguien, y lo hago.
Lo doy vuelta hacia mí. Me mira. Me sonríe.
Yo me emociono.
De repente, él no me resulta tan extraño.
No sé por qué llegué hasta ese lugar buscando a aquél sin rostro.
No sé por qué él me esperaba.
Pero me quedo. Lo dejo mirarme.
Seguro nota mis ojos tristes. Por si acaso, yo me dibujo una sonrisa tímida.
Espero que se la crea.
De a poco, dibujo también su rostro.
No había notado que estaba mojado. Él sí había salido a correr bajo la lluvia.
La tinta se corre un poco.
Termino de dibujar.
Su cara quedó difusa. Otra vez, mejor así.
Pienso en la casa de aquel lugar del mundo. Su olor a madera, a tierra viva, su música, su mesa, su silla, su mantel…
Sus papeles, sus libros, su lápiz, su ventana…
Y ese alguien, ya no tan extraño.
Me acerco a la mesa. Pruebo lo que queda del café. Ya está frío.
Lo miro a él.
“Ya descubriremos para que estamos acá”, me dice. Y se va afuera.
A lo lejos, lo escucho cantar. Creo que, de nuevo, es un tema de Charly.
Agarro mi cámara y lo sigo. Le digo esta vez que se dé vuelta y sonría.
Le saco la foto, y me voy a caminar, cantando yo también.

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