¿Por qué viajar?

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Nueve meses en Nueva Zelanda cambiaron mi vida. Sí, y no fue por el lugar geográfico ni por el tiempo, sino más bien por todo lo que fui aprendiendo y conociendo. Me resulta muy difícil contar mi viaje, porque hoy, a la distancia, descubro que poco importa dónde estuve y de qué trabajé, que todo eso es accesorio si lo dimensiono con la experiencia enriquecedora que me hizo ser quien soy.

Trabajando en distintos rubros aprendí a ser compañera y trabajar en equipo.

Aprendí que el ejemplo es la mejor forma de aprender. Viendo cómo me ayudaban, me daban ganas de retribuir.

Aprendí a desapegarme de muchas cosas materiales, no sólo por viajar con una simple mochila, sino por conocer gente que me hospedó en su casa sin pedir nada, o me invitó a usar su wifi para que pueda hablar con mi familia, o me levantó en la ruta miles y miles de veces para llevarme a trabajar sin conocerme… E incluso me pidieron que les cuide su casa por varios días luego de una simple conversación.

Aprendí a confiar en las personas que tenía al lado, muchas de las cuales hoy son mis amigos y parte de mi familia. ¡Cuántas veces salí a hacer dedo diez minutos antes de mi horario de trabajo, estando a cuatro kilómetros de distancia, con la certeza de que algún auto iba a pararse y llevarme! Y siempre fue así…Nunca llegué tarde.

Claro que eso no pasa en todas partes del mundo ni en toda Nueva Zelanda, pero elijo vivir en lugares donde la tranquilidad es moneda corriente, y entonces las barreras se bajan y aparece la confianza, la camaradería.

Aprendí a disfrutar de los mejores atardeceres en un silencio senador.

Y también me acostumbré a cosas hermosas, como levantarme con el ruido de los grillos y olvidarme del ruido de los autos y de los semáforos.

Me acostumbré a no usar llave y a saludar a los que pasan caminando a mi lado. A sonreírles.

Me acostumbré a decir gracias cuando la naturaleza me regala su paisaje hermoso. Ahora siempre, siempre digo gracias.

Me acostumbré a desafiarme eligiendo muchas veces caminos difíciles solo por el simple hecho de “ver qué pasa”. Y así aprendí a confiar en mi instinto por sobre la razón.

Y así llegué a vivir en lugares preciosos con gente que me brindo todo lo que yo necesitaba, y de la que aprendí un montón.

Elegir un lugar sólo porque hay algo ahí, una corazonada que dice “ése es el lugar”. Y entonces las cosas pasan.

Aprendí a dejarme ayudar y entender que eso no te vuelve vulnerable, sino que te acerca al otro. La mayoría de la gente ayuda porque realmente lo siente, y no dejarse ayudar es negarse a un camino de amor.

Aprendí a ser tolerante con quien es distinto y a tomar a cada persona como un maestro, que tiene algo que enseñarnos.

También me acostumbré a moverme, a cambiar, a salir de la rutina una y otra vez. A salir de los lugares seguros para sentirme más viva.

Me acostumbré a ver personas descalzas en el super o en los bares sin juzgar, así como visto yo sencilla y nadie mira lo que tengo puesto.

Me acostumbré a comer en silencio, con charlas con amigos o con música, cuando antes lo hacía muchas veces con la tele prendida.

Hace nueve meses que no miro tele y cuando la prendo todo me parece ficticio, armado, exagerado. Apago la tele y enciendo mi vida, que será imperfecta pero por lo menos es real.

Aprendí por ello a elegir lo que yo deseo ver, con una herramienta mucho más inclusiva como lo es Internet.

Me acostumbre a preguntar primero cosas sencillas antes de ¿qué estudias? O ¿de qué trabajas?…Como si uno no pudiese definirse por fuera de eso.

Viajando uno simplemente ES. Y es más allá del entorno de los amigos, familia, clase social, barrio o lo que fuera.

Aprendí a ver las encrucijadas como un mar de nuevas oportunidades.

Aprendí a dejar muchas veces la cámara de lado para simplemente vivir el momento. No para mostrarlo al mundo o enmarcarlo, sino para realmente vivirlo.

Ejercité mi mente con pensamientos positivos y deseando fuerte lo que quiero que pase, pero entendiendo también que se obtiene a veces lo que se necesita, aunque al principio resulte difícil de ver.

Aprendí a escuchar las necesidades de mi cuerpo y mente y hacerles caso. Dejar atrás personas, lugares, moverse. A veces no es fácil, a veces da miedo… ¡Pero vaya sí uno aprende!

Aprendí a abrirme al mundo muchas veces sin la contención de familia y amigos. Entonces me hice fuerte.

Me acostumbré a ser saludable… Algo que no sé muy bien cómo es que pasa, pero hace nueve meses que no tomo medicamentos. Si hago memoria, sólo una pastilla para un leve dolor de cabeza y un remedio para una infección de picadura.

Pasé un invierno frío sin un resfrío, fiebre ni gripe. Y quien sabe, quizás es por todo lo que fui aprendiendo… Porque la salud física es reflejo de salud mental.

Aprendí, y sigo aprendiendo la lección que mas me cuesta… A soltar y desapegarse.

Resulta difícil desconectarse del contacto continuo con viejos y nuevos amigos para vivir el presente. La tecnología es un arma de doble filo. Acerca y a la vez aleja a las personas.

Pero de a poco voy aprendiendo a extrañar con una sonrisa y agradecer por aquello hermoso que está en otro lugar del mundo, pero está. Y así valoro mucho más a personas y momentos que antes, por costumbre, no dimensionaba.

Me acostumbré también a entender a las lenguas como ventanas a nuevos mundos, nuevas conciencias y aprendizajes. ¡Resulta que quiero hablar en todos los idiomas!

Y también aprendí a viajar sin considerarlo un paréntesis en mi vida. Nada de cuando vuelva voy a empezar esto o averiguar lo otro. Viajar no significa poner la vida en “stand by” ni contener el aliento… Porque seguimos respirando y el tiempo sigue corriendo, aunque ya no use tanto el reloj y no recuerde bien las fechas.

Aprendí a viajar liviana de ropas y con la mente abierta a un mundo entero de maestros y escuelas.

Viajar para aprender y conocer realidades distintas, para conocerse y encontrar la mejor versión de uno mismo.

Y así es linda… Así es tan linda la vida. ¡Gracias vida!

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