Samoa en la piel

fale

Un rato antes de que caiga el sol, fuimos con Sia a una de las tantas iglesias del barrio. Todas las tardes hay práctica de baile. El próximo mes hay una presentación oficial para la gente del pueblo, entonces ningún bailarín puede faltar.

Caminamos media hora acompañados por el calor y la humedad sin que Sia detuviera sus pasos ágiles un sólo momento. Plantas selváticas, autobuses antiguos e igual de coloridos que el patio florido de cada fale, niños por aquí y por allá, sonrisas contagiosas… Imágenes rápidas y entrecortadas. Sia estaba apurada y no había tiempo de pararse a observar.

autobus samoa

Cuando llegamos nos pidió que descansaramos. Fue otro de sus decretos que no dejan lugar a réplica.

Entonces nos sentamos en un fale frente a la iglesia. Al lado nuestro reposaban unos samoanos vestidos con una tela larga y colorida atada a la cintura, a modo de pollera. Así visten las mujeres y hombres del lugar, combinando el atuendo con camisas floreadas o remeras del mismo tono.

Así estaba también vestida yo, porque usar short en ese contexto era como instalar un cibercafé en el medio de Savaii. Algo completamente fuera de lugar.

Escucho que hablan samoano, un lenguaje dulce y cantarino. Entonces los saludé y entre señas y palabras en inglés me mostraron sus tatuajes.

samoanosOrgulloso de que estuviese viendo parte de su vida marcada en su piel, uno de los hombres se paró y se sacó su camiseta.

Días y noches pasó Sione sufriendo un dolor sin lágrimas, contando su vida a aquel que convertía la historia en imágenes indelebles con un hueso de animal a modo de pincel y una herencia ancestral de manos mágicas.

Ahora es un hombre valiente y respetado por su comunidad. Los trazos negros que decoran sus caderas y piernas revelan la hombría y la fuerza del niño que dejó atrás con el último trazo de tinta y la primera palabra de joven varón.

tatuaje samoano

Sione se endereza y posa ante la cámara sin que yo se lo pida. Me dan ganas de preguntarle muchísimas cosas que no puede entender, porque yo no hablo samoano. Entonces dejo que su cuerpo hable y éste me cuenta la historia de su pueblo querido, historia de independencia y libertad, de música, familia, Dios y mar sereno.

Hay un pedacito de Samoa marcado en Sione, y no hace falta ya que intercambiemos palabras, porque su cuerpo grita por sí sólo las historias más lindas que nadie jamás podrá contar.

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