Mucho más que azul clarito

“No hay lugar como el hogar”, cuenta Peresia Vaafuti mirándome fijo a los ojos. Me explica esto como si fuera un decreto, para que no me lo olvide, para que se me grabe su imagen diciéndolo así. Y aunque el barco se tambalea entre olas cristalinas su voz suena firme y clara. Es que si algo le sobra a Sia, como todos la llaman, es determinación.

Vestido largo y floreado, pelo blanco recogido, tez oscura, ojos curiosos, manos inquietas que abrazan con cada movimiento su tierra querida a la que quiso volver.

Sia es enfermera retirada y viuda. De alma hospitalaria y viajera por vocación, decidió a sus 66 años volver a Samoa. Como una de las mujeres más longevas de Vailoa Palauli, el barrio en el que vive, es respetada y preciada para su comunidad.

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Durante el día controla las tareas de la casas de su familia, donde hermanos y primos se mezclan para hacer un gran hogar, un Aiga.

De ello me habla mientras vamos en el Ferry que nos cruza a la isla de Savaii, tierra fértil de verdes infinitos. El mar transparente y rudo me distrae de a momentos, pero Sia lleva de pronto mis pensamientos a otro lado. Samoa es mucho más que azul clarito.

Me cuenta de sus nietos y sus responsabilidades en la comunidad como pilar de sabiduría. Me habla de su hermano Sauao, jefe de la casa, quien debe proporcionarle comida y cocinarle, por ser mujer viuda. Me lo dice con un pesar de revolucionaria rendida que acepta esa parte de la tradición de la que no puede separarse.

Y cuando cae el sol Sia va a la iglesia a practicar la danza de todos los días. Se pone su pareo atado a la cintura y se ubica en el centro de la reunión, como todos los mayores. Primero bailan las mujeres con unos palos que hacen girar al compás de una música alegre y divertida. Después lo hacen sin ellos, y entonces sus manos logran movimientos tan sutiles y lentos que se vuelven sensuales.

Baile samoano       Baile samoa

Los hombres del grupo bailan con más fuerza, y cada tanto lanzan un grito de alabanza a Dios, golpeándose con sus manos las piernas y el pecho. Después bailan todos juntos, y pronto el ciclo se inicia de nuevo.

Sia me invita a conocer a su familia y a su comunidad e iglesia, que en Samoa forman una Trinidad indivisible. Allí fuimos entonces, mis amigos y yo, a nadar mar adentro por el Fa’a, la cultura regional.

El Ferry se detiene en el puerto de Savaii, la isla turística más grande pero menos poblada de Samoa. Nos dirigimos al barrio de Vailoa Palauli en un taxi que Sia contrata con apuro. Durante todo el trayecto nos rodeamos de verde.

La isla es húmeda y calurosa, y tanto es así que los árboles se ven atrapados por enredaderas capaces de llegar a cualquier rincón inhóspito con la misma facilidad que tienen los cocos y plátanos de crecer en este suelo fértil. En el camino vamos bordeando un estrecho río y cada dos o tres cuadras puede verse una iglesia y un almacén, además de todos los niños que salen de su casa a saludarnos, diciendo alegres: “Talofa! Talofa!”.

chicos samoa

El verde se corta de a ratos por los coloridos jardines frontales de las casas. Los hombres se esmeran en su cuidado, cortando el pasto con machetes y arreglando las flores a diario.

Y entre esas flores de los patios los samoanos entierran a sus muertos, a los que no olvidan ni ocultan. Los niños juegan al rugby o al football sobre la tumba de la abuela. Tal es así la total naturalidad frente a la muerte, y tal es así el apego familiar, que es eterno.

“¿Ustedes son hermanos? ¿Dónde esta tu familia? ¿Tus padres viven en Samoa?” .Así preguntan adultos y niños cuando me ven con mis amigos. Y las respuestas los sorprenden y los divierten.

Entre palabras en samoano y palabras en inglés, se acorta la distancia entre los isleños y nosotros, los viajeros. Si hay algo que compartimos entre todos es la curiosidad y la sonrisa. Sobre todo la sonrisa… porque si eso falta, los samoanos la regalan hasta con moño.

Por fin llegamos a la casa de Peresia. Es verde y está rodeada de plantas autóctonas. Hay palmeras, plátanos y criadero de chanchos y gallinas. Ésta es de esas casas con paredes, a diferencia de la mayoría de los fales samoanos– solamente rodeados de columnas- pero mantiene la misma sencillez que todas.

casa samoa

El living es un gran salón con colchones en el piso. Allí dormiríamos nosotros, junto con algunos de los tantos niños de la casa. Un baño externo, una habitación y un cuarto con una mesa terminan de completar el cuadro.

La cocina está en la casa de Sauao, quien logró ahora el título de jefe de la iglesia y la comunidad. Es un Matai, por lo tanto cocina para su familia y atiende responsabilidades mayores.

Sauao es uno de los tantos lugareños que no habla inglés, sino sólo samoano. Tiene cerca de cincuenta años y nació con los vientos de libertad que llegaron tras la independencia de Samoa, ex colonia de Nueva Zelanda.

Es un señor que impone respeto a cada paso que da, con su figura robusta que opaca la mirada dulce de abuelo riguroso pero servicial.

Nos sentamos a la mesa la primera noche de nuestra estadía. Había pollo, arroz, sopa de fideos y plátanos hervidos, que se utilizan a modo de pan, como acompañamiento en las comidas. De beber, probamos un sabroso y dulce Cacao Samoa, el típico chocolate caliente disuelto en agua que nunca falta en las reuniones isleñas.

Solamente había cinco platos pero muchas bocas por alimentar. La comida había sido preparada para nosotros, los huéspedes, y para Sia. Los niños varones de la familia se divertían actuando de meseros, ofreciéndonos a cada rato más y más comida y chocolate. No atendían a nuestro pedido de sentarse con nosotros a comer.

La mirada fija y rigurosa de Sia los ahuyentaba. “Tienen prohibido molestarlos”, nos dice, antes de explicarle una y otra vez nuestra debilidad por los más pequeños de la casa. DSC_0019

Allí conocí a Sauao Vaafuti, quien se sentó a la mesa recién cuando terminamos de comer. Lo hizo al lado de Nahuel, mi amigo y único huésped hombre. Le agradecimos por la hermosa cena con un sentido Faafetai, a lo cual respondió con una sonrisa divertida. Su pecho descubierto se inflaba de orgullo de tener visitas de otro país. La hospitalidad es en Samoa un valor preciado, y por ello Sauao se encargó con su mirada escrutadora de controlar que todo marchara bien. Sia hizo de traductora en algunos momentos, ya que el jefe de la casa quiso saber de dónde veníamos y si nos gustaba la isla.

“Ahora, los hombres a fumar”, señaló el Matai, y se fue con Nahuel fuera de la casa. Las mujeres entonces salimos a caminar. Escuché a Sauao y a mi amigo reír y hablar en dos idiomas distintos. De alguna forma se comunicaban, porque todo aquel que quiere entender, siempre algo entiende. De ese mismo modo, Joshmas me dio la mano y me habló interesado y alegre en samoano. Es un niño inocente pero rebelde, que salió de su casa para acompañarnos un tramo, hasta que la sola mirada de Sia lo hizo entender que tenía que volver.

Y con la misma protección nos dijo: “si alguien pregunta quiénes son, sólo digan que están con Big Mama”.

Pero Atuli y Marieta vinieron con nosotros. Atuli está a un paso de ser mayor de edad, y por eso es la mano derecha de Sauao. Algún día será él también Matai, y en su talante ya se nota la responsabilidad, seriedad y dominio de carácter de heredero consciente.

Se me viene a la mente un dibujo que hizo. Se retrata fuerte y musculoso, con una cita en inglés que dice “soy un chico lindo y me gusta jugar al rugby y al soccer. Estoy muy feliz de conocer a amigos de Argentina. Son lindas personas”. Ese día me da la carta con timidez y se empieza a reír.

Atuli quiere ser médico y le gusta la música, pero no le sale bailar natural y desvergonzadamente, como suelen hacer en Samoa. Prefiere escuchar melodías tranquilo y callado. Es un distinguido observador, como el jefe de la orquesta, como un Matai.

Mujer samoanaMarieta también caminaba junto a mi. Tiene 14 años, pero es alta y desarrollada como una mujer mayor. Su tez morena contrasta con la sonrisa blanca que no borra de su rostro. Esa noche tenía los brazos libres de Vaafuti junior, el primo menor al que le encargaron su cuidado. Es su tesoro, su juguete, su amor.

Atuli y Marieta son hermanos, y oficiaron como anfitriones acompañándonos en cada salida, porque Sia debía cumplir con sus obligaciones de mujer mayor.

La caminata esa noche fue justamente para eso. Ella se paraba a hablar con las mujeres en los fales. No sé bien de que trataban las conversaciones, pero era la voz y el tono de una abuela dulce aconsejando a sus nietos, implantando sabiduría como un beso de buenas noches antes de dormir.

Y de a poco se fue haciendo una pequeña procesión de niños curiosos de conocer a los visitantes de Vailoa Palauli. Los más chicos se peleaban por agarrarnos de la mano. Los más grandes preguntaban interesados sobre el lugar de donde venimos. Los adultos saludaban desde los fales, rodeados sólo por mosquiteros, con un leve movimiento de cabeza en señal de respeto.

Chica samoa

Las noches en Samoa tienen aires de paz. El sol ya no calienta, por lo cual la brisa leve se disfruta afuera de las casas, hablando con los vecinos. El ruido de los grillos suena fuerte, y opaca el murmullo de los pocos televisores prendidos, que casi nadie escucha.

Recuerdo a Sia volviendo a casa apurada, tras cumplir con su deber nocturno. Al otro día tendría que levantarse temprano para asistir a un funeral. La recuerdo planchando el vestido blanco que usaría para la ocasión, mientras nos mira jugar con los nenes a las cartas sin decir palabra. Nos mira dibujar y pintar y reír.

Se la ve cansada pero lúcida. Sus manos de enfermera ya no quieren curar, pero siguen abrazando la vida sencilla a la que quiso volver. Cambió la hornalla por el fuego a leña, el maquillaje por leche de almendras y rebeldía por tradición. Volvió otra vez a donde el viento la llama, a cumplir con su deber samoano de mujer mayor que nunca olvida sus raíces, su tierra querida y su familia, eterno hogar.

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