Sobre el turismo literario

Kafka

¿Qué amante de la literatura no soñó alguna vez con recorrer las calles de París siguiendo las pisadas de la Maga y Oliveira, esos personajes entrañables de Cortázar? ¿Quién no quiso encontrar las semejanzas de Macondo en las ciudades colombianas o buscar rastros de Shakespeare en Inglaterra?

Quien va a Dublin se empapa de historias y alusiones a James Joyce. Quien visita Reino Unido sabe de antemano que J.K Rowling será un tema ineludible en cualquier tour que vaya a tomar.

El turismo literario es un negocio que crece con el tiempo. Tanto los Best sellers como los clásicos de la literatura universal se vuelven el mapa de miles de viajeros que recorren las ciudades en búsqueda de referencias reales o aquellos elementos que inspiraron al artista en el lugar.

Eso mismo hice yo en Praga y tengo que reconocer que me emocionó mucho ir tras los rastros de Franz Kafka en los días que estuve allí. Visité una exposición, la casita donde había vivido y algunos lugares favoritos del escritor. Incluso me compré una lapicera con su nombre, que todavía conservo.

Ahora bien, presiento que Kafka está revolcándose en su tumba. Justamente él, que expresa en sus textos una férrea crítica a la burguesía y en parte al capitalismo, es en Praga la imagen de libretitas, billeteras, lápices, gomas de borrar y demás objetos producidos en serie. Objetos que para colmo son comprados por miles de turistas que se detienen a sacar foto tras foto a una casa donde habitó un escritor que casi ninguno leyó.

Y entre ellos estoy yo, que leí sus obras y compro su merchandising. ¡Lo cual es todavía peor! Incluso me avergüenzo de decir que leí su obra póstuma “Carta al padre”, un libro de confesiones que Kafka pidió quemar antes de morir.

Y de eso precisamente se nutre el turismo literario. Espiar por el ojo de la cerradura es un placer que muy pocos se rehúsan a realizar. En San Petersburgo, por ejemplo, el museo de Dostoievski muestra réplicas de su silla, su mesa, fotos de su familia e incluso un reloj y un calendario que marcan el momento exacto en el que murió el escritor.

Eso es lo que quiere ver la gente. Eso es lo que vende, como también venden los chimentos de la televisión, el periodismo amarillo, el voyerismo y las películas violentas. No queremos que se escape nada a nuestros sentidos. Si viajamos queremos verlo todo y saber todos los secretos de las figuras reconocidas del lugar. Así fue y será.

Pero con la literatura la situación se vuelve contradictoria. Es maravilloso recorrer Buenos Aires pisando y reconociendo las mismas calles que describió Roberto Arlt en sus novelas, como también lo es visitar la Roma de “Ángeles y Demonios”. El problema surge cuando ese turismo literario acarrea como consecuencia un merchandising que ya nada tiene que ver con la esencia del autor.

Comprar un lápiz con la firma de Roberto Arlt, habiendo leído sus obras, sería como comprar las estandarizadas remeras del Che Guevara y decirse comunista. Sería un disparate. Y si, también creo que es un disparate tener una lápicera de Kafka mientras los siento revolcarse en su tumba. Una lástima, pero me avivé tarde.

Eso genera el turismo literario. Visitar una ciudad desentrañando las citas de un escritor y poder verlas reflejadas en el lugar es realmente mágico y conmovedor. Pero sentirse parte del libro, de la época narrada y volverse un personaje novelesco hace opacar el negocio que existe detrás.

Lo bueno sería tenerlo presente y evitar así la contradicción entre la publicidad obscena y la identidad de aquellos artistas que nunca quisieron volverse ídolos de masas. Con eso basta, porque espiar, vamos a seguir espiando igual.

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