De Iruya a San Isidro

Iruya

Cerca del año 1940 un yugoslavo se escapó de la segunda gran guerra. Aturdido y atormentado por los horrores que había vivido, decidió refugiarse en soledad en algún rincón remoto de la tierra. Viajó tan lejos que llegó a un paraje recóndito del sur de América. Más precisamente, se instaló entre el pueblo de Iruya y el del San Isidro, en la provincia de Salta, Argentina.

Hoy llegar allí sigue siendo una travesía difícil de realizar, sobre todo en verano, cuando los ríos desbordan y el camino se hace inaccesible hasta para los que lo recorren a pie.

Dicen los viajeros que Iruya es un lugar para volver. Yo llegué un día por placer y volví a ese pueblo por necesidad. Sentí ganas de respirar de su aire puro, de perderme en sus callecitas de tierra, del silencio de las tardes y del silencio de sus noches infinitamente estrelladas. También sentí ganas del ruido de los chicos jugando a la pelota y de la calma de mi cuerpo desacelerándose al pasar entre montañas que obligan a mirar más y más arriba e invitan a abrazarlas.

Sentí ganas y volví un invierno. Caminé un poco más de dos horas desde Iruya hasta llegar a San Isidro, ese pueblo de 250 familias donde no corren las agujas del reloj y todos los días hay clima de siesta.

En el trayecto pasé cerca de una sierra que sobresalía un poco del camino. “Ahí estaba la casa del yugoslavo Felipe tercero”, dice alguien a mis espaldas. Me doy vuelta y veo a un hombre de piel curtida por el sol y mirada despierta. Me observa esperando una respuesta mientras camina rápido a paso constante. Trato con dificultad de seguirle las pisadas, porque estoy agotada por la travesía.

Milagros cuenta con naturalidad que venía caminando desde hacía nueve horas. Había ido a controlar a sus vacas, que estaban del otro lado de la montaña más alta. Hablaba poco y muy bajito, como si quisiera pedir permiso para pronunciar cada palabra. Luego tuve esa misma impresión con mucha gente del lugar. Su actitud hacía prestar más atención, porque cada una de sus palabras era como un regalo inesperado.

Ese hombre no podía tener más de sesenta abriles, y sin embargo su fuerza vital contagiaba y me hizo andar sin detenerme ni tomar agua, porque ésas eran sus costumbres. “Con la hoja de coca alcanza”, explicó.

Mientras marchábamos le pregunté por el yugoslavo. Felipe tercero había ido a encontrar paz a aquel lugar que en ese entonces era prácticamente inhóspito. “Estaba medio loco- me dijo- y todas las noches se escuchaban sus disparos porque pensaba que todavía seguía en la batalla y que lo iban a matar”.
Dicen los locales que sus gritos desesperados todavía se escuchan a la noche, pero Milagros me lo contó riéndose. “Eso último es una anécdota para asustar a los turistas”, comentó divertido.

Por fin llegamos a San Isidro. Veo un grupo de cinco viajeros recostados en una especie de terraza. El paisaje a sus pies era como una música tranquila que invitaba a mecerse despacio. Las montañas tenían los colores de los minerales más diversos. El camino de tierra recorrido nos miraba desafiante porque había que volverlo a transitar. Entonces me despido de Milagros y me recuesto yo también.

Pasaron más de 70 años de la llegada del yugoslavo que anhelaba paz, pero hoy Iruya y San Isidro evocan la misma sensación que tiempo atrás. Felipe tercero y yo buscamos calma y llegamos hasta acá a empaparnos de tranquilidad. Así también lo hace la mayoría de los turistas que recorre el arduo camino a pie. Todos quieren encontrar la siesta que no se puede dormir en la ciudad.

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