Niñez descalza

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Pinati Vaafuti se carga los cestos de cocos al hombro y no puede hacerlo sin entonar una canción. Silba, se ríe, camina contento y descalzo por las calles embarradas y floridas de Samoa.

Es un niño fuerte con mirada de miel y sonrisa genuina. Anda por las calles con un sólo con un short raído porque no necesita más.

Sale de la escuela y va a vender sus frutas. Juega al fútbol, al rugby y se divierte con avioncitos de papel. Cuando cae el sol va a ver a sus padres practicar el baile de la iglesia, que presentan todos los domingos después de misa.

Hace sus tareas y se va a acostar, arrullado por la casi invisible brisa de la noche isleña. Las paredes de su casa no tienen límites, porque es la naturaleza misma.

Es que Pinati vive en un fale, la típica casa samoana. Un salón grande, ovalado y escasamente amueblado, con varias columnas que sostienen un techo recubierto por hojas de palmera. No hay paredes ni divisiones, y el bien más preciado es el mosquitero que recubre los colchones tirados en el piso de madera.

fale      fale samoano

Desde allí se puede escuchar el ruido de la marea, a veces brava, a veces calma, pero siempre transparente y cálida, como la sonrisa de cada lugareño.

Por las noches se escuchan las conversaciones de los fales vecinos, puede verse a los niños jugar y a los jefes de familia cocinar en estas casas sin paredes. Los autos modernos estacionados fuera de los fales hacen pensar que no es cuestión de pobreza la manera en la que viven, sino de tradición samoana bien arraigada.

Si se vive en familia, alabando a Dios y se pisa tierra firme donde obtener comida rica, entonces un samoano no pretende más. Entonces se baila, se canta y se agradece.

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Pinati está descalzo, desalineado, trabaja después de ir a la escuela y vive en una casa desamueblada. Comparte el cuarto con sus padres y hermanos y no tiene videojuegos ni computadora. En las ciudades occidentales es un pobre. Acá es un niño sencillo y feliz.

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Mucho más que azul clarito

“No hay lugar como el hogar”, cuenta Peresia Vaafuti mirándome fijo a los ojos. Me explica esto como si fuera un decreto, para que no me lo olvide, para que se me grabe su imagen diciéndolo así. Y aunque el barco se tambalea entre olas cristalinas su voz suena firme y clara. Es que si algo le sobra a Sia, como todos la llaman, es determinación.

Vestido largo y floreado, pelo blanco recogido, tez oscura, ojos curiosos, manos inquietas que abrazan con cada movimiento su tierra querida a la que quiso volver.

Sia es enfermera retirada y viuda. De alma hospitalaria y viajera por vocación, decidió a sus 66 años volver a Samoa. Como una de las mujeres más longevas de Vailoa Palauli, el barrio en el que vive, es respetada y preciada para su comunidad.

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Durante el día controla las tareas de la casas de su familia, donde hermanos y primos se mezclan para hacer un gran hogar, un Aiga.

De ello me habla mientras vamos en el Ferry que nos cruza a la isla de Savaii, tierra fértil de verdes infinitos. El mar transparente y rudo me distrae de a momentos, pero Sia lleva de pronto mis pensamientos a otro lado. Samoa es mucho más que azul clarito.

Me cuenta de sus nietos y sus responsabilidades en la comunidad como pilar de sabiduría. Me habla de su hermano Sauao, jefe de la casa, quien debe proporcionarle comida y cocinarle, por ser mujer viuda. Me lo dice con un pesar de revolucionaria rendida que acepta esa parte de la tradición de la que no puede separarse.

Y cuando cae el sol Sia va a la iglesia a practicar la danza de todos los días. Se pone su pareo atado a la cintura y se ubica en el centro de la reunión, como todos los mayores. Primero bailan las mujeres con unos palos que hacen girar al compás de una música alegre y divertida. Después lo hacen sin ellos, y entonces sus manos logran movimientos tan sutiles y lentos que se vuelven sensuales.

Baile samoano       Baile samoa

Los hombres del grupo bailan con más fuerza, y cada tanto lanzan un grito de alabanza a Dios, golpeándose con sus manos las piernas y el pecho. Después bailan todos juntos, y pronto el ciclo se inicia de nuevo.

Sia me invita a conocer a su familia y a su comunidad e iglesia, que en Samoa forman una Trinidad indivisible. Allí fuimos entonces, mis amigos y yo, a nadar mar adentro por el Fa’a, la cultura regional.

El Ferry se detiene en el puerto de Savaii, la isla turística más grande pero menos poblada de Samoa. Nos dirigimos al barrio de Vailoa Palauli en un taxi que Sia contrata con apuro. Durante todo el trayecto nos rodeamos de verde.

La isla es húmeda y calurosa, y tanto es así que los árboles se ven atrapados por enredaderas capaces de llegar a cualquier rincón inhóspito con la misma facilidad que tienen los cocos y plátanos de crecer en este suelo fértil. En el camino vamos bordeando un estrecho río y cada dos o tres cuadras puede verse una iglesia y un almacén, además de todos los niños que salen de su casa a saludarnos, diciendo alegres: “Talofa! Talofa!”.

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El verde se corta de a ratos por los coloridos jardines frontales de las casas. Los hombres se esmeran en su cuidado, cortando el pasto con machetes y arreglando las flores a diario.

Y entre esas flores de los patios los samoanos entierran a sus muertos, a los que no olvidan ni ocultan. Los niños juegan al rugby o al football sobre la tumba de la abuela. Tal es así la total naturalidad frente a la muerte, y tal es así el apego familiar, que es eterno.

“¿Ustedes son hermanos? ¿Dónde esta tu familia? ¿Tus padres viven en Samoa?” .Así preguntan adultos y niños cuando me ven con mis amigos. Y las respuestas los sorprenden y los divierten.

Entre palabras en samoano y palabras en inglés, se acorta la distancia entre los isleños y nosotros, los viajeros. Si hay algo que compartimos entre todos es la curiosidad y la sonrisa. Sobre todo la sonrisa… porque si eso falta, los samoanos la regalan hasta con moño.

Por fin llegamos a la casa de Peresia. Es verde y está rodeada de plantas autóctonas. Hay palmeras, plátanos y criadero de chanchos y gallinas. Ésta es de esas casas con paredes, a diferencia de la mayoría de los fales samoanos– solamente rodeados de columnas- pero mantiene la misma sencillez que todas.

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El living es un gran salón con colchones en el piso. Allí dormiríamos nosotros, junto con algunos de los tantos niños de la casa. Un baño externo, una habitación y un cuarto con una mesa terminan de completar el cuadro.

La cocina está en la casa de Sauao, quien logró ahora el título de jefe de la iglesia y la comunidad. Es un Matai, por lo tanto cocina para su familia y atiende responsabilidades mayores.

Sauao es uno de los tantos lugareños que no habla inglés, sino sólo samoano. Tiene cerca de cincuenta años y nació con los vientos de libertad que llegaron tras la independencia de Samoa, ex colonia de Nueva Zelanda.

Es un señor que impone respeto a cada paso que da, con su figura robusta que opaca la mirada dulce de abuelo riguroso pero servicial.

Nos sentamos a la mesa la primera noche de nuestra estadía. Había pollo, arroz, sopa de fideos y plátanos hervidos, que se utilizan a modo de pan, como acompañamiento en las comidas. De beber, probamos un sabroso y dulce Cacao Samoa, el típico chocolate caliente disuelto en agua que nunca falta en las reuniones isleñas.

Solamente había cinco platos pero muchas bocas por alimentar. La comida había sido preparada para nosotros, los huéspedes, y para Sia. Los niños varones de la familia se divertían actuando de meseros, ofreciéndonos a cada rato más y más comida y chocolate. No atendían a nuestro pedido de sentarse con nosotros a comer.

La mirada fija y rigurosa de Sia los ahuyentaba. “Tienen prohibido molestarlos”, nos dice, antes de explicarle una y otra vez nuestra debilidad por los más pequeños de la casa. DSC_0019

Allí conocí a Sauao Vaafuti, quien se sentó a la mesa recién cuando terminamos de comer. Lo hizo al lado de Nahuel, mi amigo y único huésped hombre. Le agradecimos por la hermosa cena con un sentido Faafetai, a lo cual respondió con una sonrisa divertida. Su pecho descubierto se inflaba de orgullo de tener visitas de otro país. La hospitalidad es en Samoa un valor preciado, y por ello Sauao se encargó con su mirada escrutadora de controlar que todo marchara bien. Sia hizo de traductora en algunos momentos, ya que el jefe de la casa quiso saber de dónde veníamos y si nos gustaba la isla.

“Ahora, los hombres a fumar”, señaló el Matai, y se fue con Nahuel fuera de la casa. Las mujeres entonces salimos a caminar. Escuché a Sauao y a mi amigo reír y hablar en dos idiomas distintos. De alguna forma se comunicaban, porque todo aquel que quiere entender, siempre algo entiende. De ese mismo modo, Joshmas me dio la mano y me habló interesado y alegre en samoano. Es un niño inocente pero rebelde, que salió de su casa para acompañarnos un tramo, hasta que la sola mirada de Sia lo hizo entender que tenía que volver.

Y con la misma protección nos dijo: “si alguien pregunta quiénes son, sólo digan que están con Big Mama”.

Pero Atuli y Marieta vinieron con nosotros. Atuli está a un paso de ser mayor de edad, y por eso es la mano derecha de Sauao. Algún día será él también Matai, y en su talante ya se nota la responsabilidad, seriedad y dominio de carácter de heredero consciente.

Se me viene a la mente un dibujo que hizo. Se retrata fuerte y musculoso, con una cita en inglés que dice “soy un chico lindo y me gusta jugar al rugby y al soccer. Estoy muy feliz de conocer a amigos de Argentina. Son lindas personas”. Ese día me da la carta con timidez y se empieza a reír.

Atuli quiere ser médico y le gusta la música, pero no le sale bailar natural y desvergonzadamente, como suelen hacer en Samoa. Prefiere escuchar melodías tranquilo y callado. Es un distinguido observador, como el jefe de la orquesta, como un Matai.

Mujer samoanaMarieta también caminaba junto a mi. Tiene 14 años, pero es alta y desarrollada como una mujer mayor. Su tez morena contrasta con la sonrisa blanca que no borra de su rostro. Esa noche tenía los brazos libres de Vaafuti junior, el primo menor al que le encargaron su cuidado. Es su tesoro, su juguete, su amor.

Atuli y Marieta son hermanos, y oficiaron como anfitriones acompañándonos en cada salida, porque Sia debía cumplir con sus obligaciones de mujer mayor.

La caminata esa noche fue justamente para eso. Ella se paraba a hablar con las mujeres en los fales. No sé bien de que trataban las conversaciones, pero era la voz y el tono de una abuela dulce aconsejando a sus nietos, implantando sabiduría como un beso de buenas noches antes de dormir.

Y de a poco se fue haciendo una pequeña procesión de niños curiosos de conocer a los visitantes de Vailoa Palauli. Los más chicos se peleaban por agarrarnos de la mano. Los más grandes preguntaban interesados sobre el lugar de donde venimos. Los adultos saludaban desde los fales, rodeados sólo por mosquiteros, con un leve movimiento de cabeza en señal de respeto.

Chica samoa

Las noches en Samoa tienen aires de paz. El sol ya no calienta, por lo cual la brisa leve se disfruta afuera de las casas, hablando con los vecinos. El ruido de los grillos suena fuerte, y opaca el murmullo de los pocos televisores prendidos, que casi nadie escucha.

Recuerdo a Sia volviendo a casa apurada, tras cumplir con su deber nocturno. Al otro día tendría que levantarse temprano para asistir a un funeral. La recuerdo planchando el vestido blanco que usaría para la ocasión, mientras nos mira jugar con los nenes a las cartas sin decir palabra. Nos mira dibujar y pintar y reír.

Se la ve cansada pero lúcida. Sus manos de enfermera ya no quieren curar, pero siguen abrazando la vida sencilla a la que quiso volver. Cambió la hornalla por el fuego a leña, el maquillaje por leche de almendras y rebeldía por tradición. Volvió otra vez a donde el viento la llama, a cumplir con su deber samoano de mujer mayor que nunca olvida sus raíces, su tierra querida y su familia, eterno hogar.

Primeras palabras

Samoa Independiente está formada por un grupo de diez islas de la Polinesia, de las cuales resaltan Upolu y Savaii, por su tamaño y cantidad de población.

Ubicada entre Hawai y Nueva Zelanda, Samoa se caracteriza por ser una región con naturaleza de lo más variada: playas calmas de mar cristalino, cascadas, cenotes, montañas, selva, ríos y lagunas decoran los casi tres mil kilómetros de tierra volcánica que forma su territorio.

playa samoa

Aunque independizadas de Nueva Zelanda en 1963, estas islas conservan prácticamente intacta su tradición milenaria, que se remonta a tres mil años atrás, cuando se cree que fueron pobladas por migrantes del Sudeste asiático.

En estas crónicas de viaje pretendo mostrar algo de la cultura samoana, que me maravilló y de la que aprendí mucho. Los datos estadísticos e información turística los dejé un poco de lado, para dar lugar a un relato más sentido, como agradecimiento a la familia Vaafuti, que me hospedó por un par de días y me llenó de amor.

Serán relatos desalineados, quizás hasta imprecisos e imparciales, pero no puedo hacerlo de otra forma, porque así fluyen las cosas que salen directo del corazón.

Como periodista que soy, me siento en el deber de aclarar que algunos nombres se encuentran alterados e intercambiados, pero cada historia es verídica y
fiel a los hechos tal y como los viví. Las fotos que saqué y que aquí comparto son un ejemplo de ello.

¡Que lo disfruten tanto como yo! ¡Buen viaje!

samoa       To Sua

Sobre el turismo literario

Kafka

¿Qué amante de la literatura no soñó alguna vez con recorrer las calles de París siguiendo las pisadas de la Maga y Oliveira, esos personajes entrañables de Cortázar? ¿Quién no quiso encontrar las semejanzas de Macondo en las ciudades colombianas o buscar rastros de Shakespeare en Inglaterra?

Quien va a Dublin se empapa de historias y alusiones a James Joyce. Quien visita Reino Unido sabe de antemano que J.K Rowling será un tema ineludible en cualquier tour que vaya a tomar.

El turismo literario es un negocio que crece con el tiempo. Tanto los Best sellers como los clásicos de la literatura universal se vuelven el mapa de miles de viajeros que recorren las ciudades en búsqueda de referencias reales o aquellos elementos que inspiraron al artista en el lugar.

Eso mismo hice yo en Praga y tengo que reconocer que me emocionó mucho ir tras los rastros de Franz Kafka en los días que estuve allí. Visité una exposición, la casita donde había vivido y algunos lugares favoritos del escritor. Incluso me compré una lapicera con su nombre, que todavía conservo.

Ahora bien, presiento que Kafka está revolcándose en su tumba. Justamente él, que expresa en sus textos una férrea crítica a la burguesía y en parte al capitalismo, es en Praga la imagen de libretitas, billeteras, lápices, gomas de borrar y demás objetos producidos en serie. Objetos que para colmo son comprados por miles de turistas que se detienen a sacar foto tras foto a una casa donde habitó un escritor que casi ninguno leyó.

Y entre ellos estoy yo, que leí sus obras y compro su merchandising. ¡Lo cual es todavía peor! Incluso me avergüenzo de decir que leí su obra póstuma “Carta al padre”, un libro de confesiones que Kafka pidió quemar antes de morir.

Y de eso precisamente se nutre el turismo literario. Espiar por el ojo de la cerradura es un placer que muy pocos se rehúsan a realizar. En San Petersburgo, por ejemplo, el museo de Dostoievski muestra réplicas de su silla, su mesa, fotos de su familia e incluso un reloj y un calendario que marcan el momento exacto en el que murió el escritor.

Eso es lo que quiere ver la gente. Eso es lo que vende, como también venden los chimentos de la televisión, el periodismo amarillo, el voyerismo y las películas violentas. No queremos que se escape nada a nuestros sentidos. Si viajamos queremos verlo todo y saber todos los secretos de las figuras reconocidas del lugar. Así fue y será.

Pero con la literatura la situación se vuelve contradictoria. Es maravilloso recorrer Buenos Aires pisando y reconociendo las mismas calles que describió Roberto Arlt en sus novelas, como también lo es visitar la Roma de “Ángeles y Demonios”. El problema surge cuando ese turismo literario acarrea como consecuencia un merchandising que ya nada tiene que ver con la esencia del autor.

Comprar un lápiz con la firma de Roberto Arlt, habiendo leído sus obras, sería como comprar las estandarizadas remeras del Che Guevara y decirse comunista. Sería un disparate. Y si, también creo que es un disparate tener una lápicera de Kafka mientras los siento revolcarse en su tumba. Una lástima, pero me avivé tarde.

Eso genera el turismo literario. Visitar una ciudad desentrañando las citas de un escritor y poder verlas reflejadas en el lugar es realmente mágico y conmovedor. Pero sentirse parte del libro, de la época narrada y volverse un personaje novelesco hace opacar el negocio que existe detrás.

Lo bueno sería tenerlo presente y evitar así la contradicción entre la publicidad obscena y la identidad de aquellos artistas que nunca quisieron volverse ídolos de masas. Con eso basta, porque espiar, vamos a seguir espiando igual.

De Iruya a San Isidro

Iruya

Cerca del año 1940 un yugoslavo se escapó de la segunda gran guerra. Aturdido y atormentado por los horrores que había vivido, decidió refugiarse en soledad en algún rincón remoto de la tierra. Viajó tan lejos que llegó a un paraje recóndito del sur de América. Más precisamente, se instaló entre el pueblo de Iruya y el del San Isidro, en la provincia de Salta, Argentina.

Hoy llegar allí sigue siendo una travesía difícil de realizar, sobre todo en verano, cuando los ríos desbordan y el camino se hace inaccesible hasta para los que lo recorren a pie.

Dicen los viajeros que Iruya es un lugar para volver. Yo llegué un día por placer y volví a ese pueblo por necesidad. Sentí ganas de respirar de su aire puro, de perderme en sus callecitas de tierra, del silencio de las tardes y del silencio de sus noches infinitamente estrelladas. También sentí ganas del ruido de los chicos jugando a la pelota y de la calma de mi cuerpo desacelerándose al pasar entre montañas que obligan a mirar más y más arriba e invitan a abrazarlas.

Sentí ganas y volví un invierno. Caminé un poco más de dos horas desde Iruya hasta llegar a San Isidro, ese pueblo de 250 familias donde no corren las agujas del reloj y todos los días hay clima de siesta.

En el trayecto pasé cerca de una sierra que sobresalía un poco del camino. “Ahí estaba la casa del yugoslavo Felipe tercero”, dice alguien a mis espaldas. Me doy vuelta y veo a un hombre de piel curtida por el sol y mirada despierta. Me observa esperando una respuesta mientras camina rápido a paso constante. Trato con dificultad de seguirle las pisadas, porque estoy agotada por la travesía.

Milagros cuenta con naturalidad que venía caminando desde hacía nueve horas. Había ido a controlar a sus vacas, que estaban del otro lado de la montaña más alta. Hablaba poco y muy bajito, como si quisiera pedir permiso para pronunciar cada palabra. Luego tuve esa misma impresión con mucha gente del lugar. Su actitud hacía prestar más atención, porque cada una de sus palabras era como un regalo inesperado.

Ese hombre no podía tener más de sesenta abriles, y sin embargo su fuerza vital contagiaba y me hizo andar sin detenerme ni tomar agua, porque ésas eran sus costumbres. “Con la hoja de coca alcanza”, explicó.

Mientras marchábamos le pregunté por el yugoslavo. Felipe tercero había ido a encontrar paz a aquel lugar que en ese entonces era prácticamente inhóspito. “Estaba medio loco- me dijo- y todas las noches se escuchaban sus disparos porque pensaba que todavía seguía en la batalla y que lo iban a matar”.
Dicen los locales que sus gritos desesperados todavía se escuchan a la noche, pero Milagros me lo contó riéndose. “Eso último es una anécdota para asustar a los turistas”, comentó divertido.

Por fin llegamos a San Isidro. Veo un grupo de cinco viajeros recostados en una especie de terraza. El paisaje a sus pies era como una música tranquila que invitaba a mecerse despacio. Las montañas tenían los colores de los minerales más diversos. El camino de tierra recorrido nos miraba desafiante porque había que volverlo a transitar. Entonces me despido de Milagros y me recuesto yo también.

Pasaron más de 70 años de la llegada del yugoslavo que anhelaba paz, pero hoy Iruya y San Isidro evocan la misma sensación que tiempo atrás. Felipe tercero y yo buscamos calma y llegamos hasta acá a empaparnos de tranquilidad. Así también lo hace la mayoría de los turistas que recorre el arduo camino a pie. Todos quieren encontrar la siesta que no se puede dormir en la ciudad.